Parece una constante del funcionamiento del sistema. Cuando el desgaste de los materiales es tan notorio que amenaza ruina, siempre aparece un policía que encarna la confusión y el desorden que se ha adueñado de las instituciones y, por reflejo, de la opinión pública. Un tipo turbio y arrogante, perejil de todas las salsas, presente en todos los expedientes, que se maneja con la misma desenvoltura a ambos lados de la ley y que sale a la luz para representar de manera inequívoca la corrupción reinante. Así ocurrió en el ocaso de la era de Felipe González con el comisario Amedo y así está ocurriendo ahora -¿en el ocaso de la era Rajoy?- con el comisario Villarejo, convertidos ambos en heraldos de un mundo que ningún ciudadano decente querría habitar. La policía tiene la cualidad de las enfermedades crónicas: es indestructible y se reproduce igual a sí misma cualesquiera que sean las mutaciones del entorno. Fouché fue el fundador de la policía moderna y el primer personaje histórico que encarna el principio de que la policía es más importante que el régimen al que sirve, sea revolucionario o conservador, dictadura o democracia, Hay una línea de continuidad entre la ojrana zarista y el efeesebé de Putin que pasa por el kagebé soviético, y el señor Hoover, mítico director del efebei estuvo al mando con nueve administraciones sucesivas a cuyos presidentes tuvo vigilados sin excepción. El policía más famoso y celebrado de los primeros años de la transición española fue un torturador que había hecho su carrera en la dictadura,  el comisario Conesa, lo que por sí mismo da noticia de que aquel periodo ahora en revisión estuvo lejos de ser idílico. Sí, el pueblo había alcanzado la libertad pero tú podías ser molido a hostias en una comisaría. Estos personajes de las cloacas del estado, como se dice, tienen una función amedrentadora sobre la sociedad, revelan al leviatán que nos tutela y convienen a épocas de desesperanza. Cuando se les mira de cerca –por ejemplo, ayer en la tele al tal Villarejo-, la razón se repliega, cierra los párpados y prefiere creer que está ante un relato de ficción. La puesta en escena adoptada por los productores del programa ayuda a creerlo. Entonces, lo que quieres es que acabe la novela, no importa que el asesino siga libre.