Asaltó mi atención hace un par de semanas desde el anaquel de una librería de lance y lo he leído durante estos días abrumadores en los que ninguna lectura podía competir con la trepidación noticiosa del atentado de Barcelona. Un polaco en la corte del rey Juan Carlos es un reportaje de quinientas cincuenta páginas escrito por Manuel Vázquez Montalbán en mil novecientos noventa y seis con el objetivo de describir la situación clínica de la clase política de la capital del estado en el momento en que se anunciaba lo que entonces se llamó la segunda transición, es decir, la caída del felipismo y el ascenso de don Aznar al mando del pepé. No leí este libro en su día y por lo que recuerdo tuvo una efímera vida en el mercado, sin duda porque los lectores de la época identificaban la obra con el régimen caduco que habría de derrocar la entonces rutilante derecha. Por lo que a este lector respecta, no sé qué buscaba cuando adquirió el libro, quizás volver a degustar la prosa de un escritor mítico de cuya influencia política y estilística es tributaria su generación; quizás ver si encontraba alguna clave histórica que alumbrara lo que acontece ahora, o distraerme con el cotilleo de un tiempo en el que aún encontrábamos gusto al cotilleo. Las esperanzas se han cumplido en muy pequeña medida. La prosa acusa el paso del tiempo, no se encuentra ninguna clave histórica relevante y el cotilleo resulta insípido.
Hay algo, sin embargo, asombroso en este tejido de entrevistas y conversaciones con personajes destacados y testigos cualificados de la época, muchos de los cuales, como el autor mismo, han muerto ya y los que aún viven están fuera de juego. El relevo generacional no impide que los escenarios y las historias que se nos ofrecen sean los que nos aquejan ahora mismo. Es la gran sorpresa de estas páginas, como si la historia del país no fuera un decurso de acontecimientos significativos sino un tedioso baile de máscaras. El lector se descubre viviendo en el mismo vertedero en que vivía veinte años atrás. El tiempo estanco ha convertido en una zarzuela consabida lo que pretendía ser un informe de actualidad y, en la intención del autor, una aportación dialéctica al avance de la historia. La lectura evoca la última secuencia de El baile de los vampiros, la película de Roman Polanski, en la que los espectros sedientos de sangre de innumerables generaciones salen de sus sarcófagos para celebrar un baile social en la sala de armas del castillo. ¿Qué se ha transformado en la arquitectura de este país durante dos décadas?
Nada, es la respuesta.
- La cuestión catalana, que el autor plantea como punto de partida de su trabajo desde el título mismo (polaco es sinónimo de catalán en una jerga en desuso), se mantiene intacta respecto a como estaba hace dos décadas, si bien exponencialmente enconada, una vez se terminaron los pasteleos de don Felipe y don Aznar con don Pujol.
- La corrupción, protagonizada entonces por los socialistas (fondos reservados, Roldán, el gobernador del bancoespaña y la llamada beautiful people), estaba en el primer renglón de la agenda pública hace veinte años y lo está hoy decuplicada y protagonizada por los jerifaltes populares.
- La crisis económica es el marco dominante, entonces y ahora. De aquella crisis de los noventa se salió con la burbuja inmobiliaria que nos llevó a otra crisis mayor. Entretanto la privatización de los servicios públicos no ha fomentado la competencia ni abaratado las tarifas. Hace dos décadas, como ahora, se vivía en un estado de ánimo perplejo y desencantado, que uno de los personajes entrevistados resume así: “aquí nos hemos creído que éramos un país superprogresista, moderno, incluso rico, y ya ves”.
- Los granujas protagonistas de la llamada cultura del pelotazo, a medio camino entre el despacho oficial y la cárcel, eran adorados por los medios y el público, antes (Mario Conde, Ruiz Mateos) como ahora (Pujol, Rato, Bárcenas). En el mejor de los casos estos personajes y sus hazañas servían y sirven para carnaza de los humoristas.
- El diagnóstico de los males de la patria es el mismo hoy que hace veinte años: alto desempleo, trabajo precario, poder financiero, y también se sabía que la revolución conservadora, con el pepé a la puerta del poder, «no va a servir a un mejor reparto de la riqueza». La desigualdad ya estaba en el cálculo de los economistas (Joaquín Estefanía lo dice), que no encontraban forma de atajarla. Los jefes sindicales de la época, Antonio Gutiérrez y Cándido Méndez exhibían su impotencia, que ha permanecido constante durante estos dos decenios: “los contratos basura y el empleo precario están en revisión en toda Europa por sus escasos logros”.
- El contubernio entre el poder bancario y el poder político, corrupción mediante, estaba, como ahora, a pleno funcionamiento. De Valls Taberner, banquero del opus y jefe del banco popular, hoy devorado por el santander, se recoge la siguiente declaración: “a Pujol se le contempla como un modelo de conducta de presidente autonómico”.
- Hace veinte años ya se sabía que la corrupción no era un accidente aislado ni el resultado de una larga estancia en el poder, sino un designio ínsito en la estrategia de los partidos y de sus cúpulas. Decía entonces Pedro J. Ramírez, director de El Mundo, “los hechos demuestran, no que el felipismo fuera corrompiéndose a medida que pasaba el tiempo en el poder, sino que desde el mismo momento de llegar al poder aplicaron planteamientos morales perversos”. A su turno, el pepé calcó el modelo.
- Los organismos reguladores y de control de la vida económica estaban entonces, como ahora, en una interesada inopia. En la crisis bancaria de la época (banesto), el bancoespaña “miró para otro lado”, como lo hizo dos décadas después con la crisis de las cajas de ahorro. En este marco, un profeta partidario del pepé y de su gurú económico, Rodrigo Rato, aseguraba: “los mecanismos de exigencia y control van a ser más rigurosos con la derecha que lo que han sido con la izquierda. No habrá la complacencia y el conformismo que ha existido con González en temas como la financiación ilegal del partido o el beneficio particular de los amigotes».
- Las declaraciones de los prebostes entrevistados en el libro son desconcertantemente triviales y erráticas cuando no fraudulentas. Jesús de Polanco, empresario del grupo mediático prisa y del diario de referencia decía veinte años atrás: “Creo que estamos en el final auténtico del posfranquismo. Los del pepé no son los hijos del franquismo, ni sus herederos, del franquismo ya no queda nada”. Algo parecido dice don Ruiz Gallardón, que tenía motivos personales para saber de qué hablaba.
- La justicia era entonces como ahora un agente indirecto del cambio político a través de los procesos que incoaba por corrupción. Los llamados jueces estrella (entonces Baltasar Garzón) fueron tentados por la política y el terreno entre el poder judicial y el ejecutivo ya era tan sinuoso y resbaladizo como lo es ahora.
- La noción de casta, puesta de moda por los podemitas ya encontraba hace veinte años formulaciones similares. El juez Clemente Auger afirma en el libro que España vive en un sistema de “casi partido único”.
- La izquierda ya estaba descabalada entonces como lo está hoy. El pesoe estaba en crisis ante la expectativa de perder el poder. Algunos barones socialistas, como Carmen Alborch, proponían un entendimiento con izquierda unida; otros, como Joaquín Leguina, postulaban la necesidad de que el partido se deshiciera de los oportunistas. ¿Y cómo distinguirlos? En este estado de crisis, izquierda unida intentó el sorpasso electoral (italianismo que entonces se introdujo en la jerga política española), como ahora lo ha intentado podemos, con el mismo resultado.
El autor del libro obtiene una audiencia con el rey Juan Carlos para contarle el proyecto literario, si bien queda excluida cualquier forma de entrevista o de declaraciones del monarca. El autor hace preceder el relato del encuentro real con una larga y minuciosa narración de un concejal de Orcasitas en la que este cuenta sus esfuerzos para el que rey visitara esta localidad y otras vecinas de la maltratada periferia sur de Madrid, con el fin de que la visita diera publicidad al estado de necesidad de esas poblaciones. El intento del concejal es una epopeya política y administrativa para vencer la resistencia de los poderes estatales, regionales y locales, dispuestos a que la visita real no tenga lugar y menos por invitación de un concejal sin más marbete que ser un líder del movimiento vecinal. El relato sirve al autor para ampliar el foco y ofrecer una panorámica de la vida individual y comunal de las gentes que habitan en estas localidades, crecidas de la nada a partir de los años cincuenta por la masiva y forzosa emigración del campo, hacinadas durante mucho tiempo en chabolas, con servicios sanitarios y escolares precarios cuando no inexistentes, donde se forjó el vigoroso movimiento vecinal de los años setenta y que en la fecha en que se escribió el libro estaban azotadas por la plaga de la droga. Una brisa de autenticidad recorre este relato después de casi quinientas páginas de opiniones de expertos, embustes de políticos, fábulas de periodistas y poses cortesanas.
Por fin, “el rey va a recibirte, Manolo”. El monarca no hace declaraciones pero cede a las exigencias de su emblemática campechanía y cambia algunas palabras con el autor, por ejemplo sobre la cuestión catalana, que Vázquez Montalbán reproduce así: “Pujol tiene sus cosas, como todo el mundo, pero nadie puede negarle sentido de estado. El problema se ha exagerado. Mi hija lleva cuatro años en Cataluña y está perfectamente integrada. En su entorno se habla muchas veces en catalán. Ella lo entiende. Lo habla incluso”. Palabra de rey.