Uno de los tópicos más repetidos de la historia de la tergiversación de la verdad en la comunicación política es la que practicó Stalin ordenando borrar las imágenes de su enemigo Trotsky de las fotografías en las que aparecía al lado de Lenin, y que, como es obvio, eran innumerables pues ambos hicieron juntos la revolución. Normalmente, esta clase de toscas manipulaciones tienen muy escaso valor efectivo porque los que contemplan la foto por primera vez no son conscientes de la ausencia del personaje y los que saben de qué va el cuento captan de inmediato el zurcido. Pero pedir a los políticos que obvien esta manía persecutoria es pedir peras al olmo. La fotografía es un documento que nos recuerda el discurso del tiempo, en el que el presente viene del pasado y este es por definición distinto a cómo lo recordamos y sobre todo a cómo nos gustaría que hubiera sido. Los políticos, por el contrario, tienen la ínfula de creer que cada momento es el primero de la creación mientras ellos están en la poltrona

La neolengua (ahora se llama post verdad) es la atmósfera de la política y la manipulación de los documentos del pasado es una rutina del poder, si no se pueden ocultar mediante la ley de secretos oficiales o destruir a la brava, a martillazos si es necesario. Este escribidor puede decir que en la ocasión en que trabajaba en el departamento de autobombo de un gobierno regional le tocó la tarea de borrar de la fotografía del poder ejecutivo que se mostraba en la web oficial a dos o tres personajes que habían pasado a la condición de desafectos, purgados, dimisionarios, despedidos o lo que fuera que explicase su obligada ausencia del grupo dirigente. Puedo decir que el borrado se hizo en un ambiente de júbilo, no porque los funcionarios al cargo tuviéramos nada personal contra los desaparecidos de la foto sino porque el linchamiento de alguien, aunque sea en efigie, siempre produce en el ánimo un burbujeo estimulante derivado de la esperanza instintiva de que, sin estos proscritos, el futuro será mejor.

Así ha debido ocurrir cuando el gobierno catalán cesado por efecto de la trilladora ciento cincuenta y cinco -autoproclamado govern legítim- ha editado una web en la que ha eliminado a un desafecto de última hora. El mensaje es claro: aquí solo están los legítimos, no los bastardos; los valientes, no los desertores. Al hacerlo así, los promotores de la web cumplen un doble objetivo: reinician (resetean) la historia y se dan a sí mismos un espejo autocomplaciente, que, sin embargo, sea por las prisas o por incompetencia técnica del fontanero encargado de la purga, ha dejado en la imagen las piernas del purgado, vale decir, ha dejado explícito el hecho de que el ausente ha sido decapitado. También esta errata de edición digital cuadra al contexto al que se refiere la imagen. El prusés ha sido una aventura decimonónica contada con retórica del siglo veintiuno. La palabrería con la que ha sido adobado por unos y otros -independencia, sedición, traición, patria, etcétera- lo prueba. A través de la informal indumentaria de los representados en la web podemos adivinar los entorchados, las bandas sobre el pecho y los morriones en la cabeza. También a los decapitados, que, por fortuna, solo lo son en efigie, a pesar de los delirios proclamados de doña Rovira.