Una película que está en cartelera estos días –The journey, de Nick Hamm, Reino Unido, 2016– narra un viaje que compartieron en el mismo vehículo Ian Paisley, jefe de filas del partido unionista irlandés, y Martin McGuiness, líder del Sinn Fein y de su rama militar. El viaje está motivado por un asunto trivial y tiene lugar en el último tramo de las negociaciones que habrían de poner fin al conflicto en el Ulster, promovidas y tuteladas por el gobierno británico de Tony Blair. No es un documental sino un relato dramatizado y puesto en escena con la acreditada solvencia del cine británico, con dos actores notables, Colm Meaney y Thimoty Spall, en los papeles protagonistas. Pero estas líneas no son una crítica cinematográfica, solo intentan responder a las preguntas que el espectador se hace mientras el relato discurre en la pantalla. Ambos viajeros eran fanáticos de sus respectivas causas, y estuvieron durante décadas al mando de los dos bandos enfrentados en aquella sangrienta guerra civil que parecía que no fuera a tener fin y que dejó a la sociedad nordirlandesa fracturada e hirviente de odio. Lo que cuenta la película viene a ser el comienzo de una hermosa amistad, para decirlo con una frase hecha y banal. En el interior del vehículo, que obliga a una apretada intimidad, ambos interlocutores rebobinan sus argumentos, comparten vivencias y juicios sobre los sucesos del pasado y a través del diálogo se licúa el hielo que los separaba. El relato es una consoladora metáfora y una loa al final feliz, que lo fue también en la realidad, pues en efecto el conflicto que enfrentaba a las dos comunidades terminó, si puede decirse que estos conflictos identitarios terminan alguna vez.

El final de un largo periodo de violencia produce tres efectos en la sociedad, como hemos experimentado en este país: una especie de inmediato relajo generalizado al concluir las causas de la tensión; la sorpresa de que haya sido tan fácil cuando poco antes parecía imposible, y, por último, una necesidad imperiosa de balsámico olvido, que al poco termina por trivializar lo ocurrido. La película que se comenta (como la española Ocho apellidos vascos [1]) se ha producido en este tranquilizante contexto de calma social y política. El precio de esta forma de paz es doble; de una parte, la preterición y en consecuencia la falta de reparación de los destrozos personales y sociales ocasionados por el enfrentamiento; de otra, la percepción de que tanto sufrimiento y sacrificio no ha servido para mejorar ni un ápice las condiciones reales de la existencia de los grupos enfrentados, ni para alcanzar ningún objetivo político que no sea la paz misma, es decir, el retorno a la casilla de salida. Para el espectador era imposible asistir al discurso de la película sin pensar en el conflicto catalán, en el que cierta y afortunadamente está ausente la violencia, hasta ahora. Por lo demás, la metáfora cinematográfica es pertinente: dos comunidades enfrentadas, que hacen de la negación de la otra el fuste de su razón política, obligadas a viajar en el mismo vehículo, por la misma carretera y en la misma dirección. Nos espera a todos un largo viaje a cuenta del fracaso del disparatado prusés y solo cabe cruzar los dedos para que la estación término no sea el Ulster.

P. S.  [1] La gran aceptación por parte del público de la película Ocho apellidos vascos no se ha producido con su secuela, Ocho apellidos catalanes. La razón es que conflicto catalán no ha tenido todavía su final feliz. Es una cuestión de oportunidad. La catársis no se produce mientras se celebra el drama sino al final. Casablanca nos emociona y nos deleita porque los alemanes perdieron la guerra pero sería una película dolorosamente ridícula si la hubieran ganado.