Una amiga barcelonesa manda un corte de vídeo de un programa de tv3, la televisión pública catalana, al que añade su propio comentario: ¡es para llorar! El vídeo es un fragmento de un típico concurso televisivo en que la conductora del programa habla por teléfono con una telespectadora a la que han llamado al azar. La voz que se oye al otro lado del hilo revela a una mujer insegura, amedrentada, que confiesa tímidamente no entender lo bastante el catalán y pide a la presentadora que le pregunte en castellano. Esta hace caso omiso a la petición de la concursante e insiste en que le hablará poc a poc, pero es obvio que la competencia lingüística de la teleoyente, que dice llamarse Dolores y a la que la presentadora corrige, ah, Dolors, no alcanza para descifrar la pregunta en catalán y vuelve a pedir que se la haga en castellano, a lo que presentadora le recomienda que acuda a un curso de normalització lingüistica y podrá concursar dentro de unos meses.
El castellano es lengua oficial en Cataluña y la tele del concurso es pública, lo que quiere decir que el sueldo de la presentadora lo sufraga también Dolores/Dolors, y así, este mínimo fragmento de vídeo de apenas un minuto y pico ilustra mejor que cualquier perorata el abismo abierto en la sociedad catalana, la masiva manifestación antiindependentista del pasado mes de octubre y que la lista más votada en las elecciones de diciembre fuera la de un partido que carece de proyecto para Cataluña más allá de tener bajo vigilancia a sus instituciones porque su meta, una vez ha adquirido velocidad de crucero, no es Barcelona sino Madrid. Después de la fallida declaración de independencia (entre otras razones, porque la presentadora televisiva también depende de Dolores/Dolors), los soberanistas en pleno desconcierto hicieron algunos amagos de revisión de su agenda, propósitos de la enmienda entre susurros, a saber, que si no tenían mayoría social suficiente, que había que dialogar con la parte de la sociedad que no era independentista, etcétera. Pero bastó que las elecciones dieran de nuevo la mayoría al bloque independentista -lo cual era previsible para todo el mundo menos al parecer para don Rajoy et alii– para que el soberanismo en pleno volviera al capullo de seda amarilla en el que se ha cultivado, e ignorando también que la historia se repite como farsa, pusieran al frente de la procesión a don Puigdemont, convertido en un superhéroe de tebeo que pone en jaque, con éxito por ahora, hay que decir, a amigos y enemigos. Casi parece una secuencia de los keystone cops ver al gobierno, a una legión de abogados del estado, al consejo de estado, al tribunal constitucional y a los polis de don Zoido en las alcantarillas, empeñados en parar los pies al paladín de Bruselas, para no mencionar el crujir de dientes audible entre sus compañeros de viaje. Entre todos han conseguido armar un regocijante sindiós, en el que todo quisque parece haber perdido los papeles pero que no resuelve, si no que lo complica hasta al absurdo, el hecho evidente de que la ciudadana catalana Dolores/Dolors no es un anomalía, ni lingüística ni de ninguna otra clase.