El parlamento catalán celebra un ritual extraño, sectario, y entroniza a un escapado de sus responsabilidades políticas como legítimo presidente. También reconoce un plebiscito que se celebró sin garantía legal y democrática alguna y cuyo valor reside en su carácter martirial (y mediático) bajo las porras de la policía. Pero, a renglón seguido, el mismo parlamento se niega a ratificar la república que representa el presidente legitimado y que impulsó el plebiscito avalado. La última resolución priva de valor simbólico y real a las dos anteriores. ¿Qué demonios significa esta charada? Ítem más, el presidente entronizado en el aire nombra a un delfín que tampoco podrá ser presidente y se propone rodearse de un consejo áulico elegido a dedo para que gobierne el país desde las nubes, o mejor dicho, desde la nube. Cataluña se dispone a vivir en dos planos estancos, el imaginario y el real, que se caracteriza, este último, porque la comunidad ha perdido para largo, al parecer, las instituciones privativas que se reinstauraron democráticamente hace cuarenta años y una buena porción de su riqueza nominal.
Cataluña no está sola en el caos. En Italia se disputan el próximo domingo unas elecciones en las que compiten con probabilidades de éxito, una formación anarcoide fundada por un cómico de la televisión y otra encabezada por un gran capo de la corrupción, que hizo su carrera política también desde la tele. Es probable que gane la primera, pero, en cualquier caso, Italia tendrá en la cúspide un primer ministro de cepa fascista y en la base un descojono general. Pero hay más. En Francia ganó la presidencia de la república un trepador rutilante y mesiánico del que no se ha vuelto a oír hablar desde el día siguiente de las elecciones, excepto por imputaciones de corrupción a algunos de sus próximos. Y en Alemania über alles, la socialdemocracia avanza pasito a pasito hacia el ara del sacrificio para apuntalar a una ama de casa a la que el fascismo se le ha colado en la salita de estar. En el absorto Reino Unido está al frente una Penélope que teje y desteje la madeja del brexit y de la que los maliciosos pretendientes que ambicionan su cargo dicen que fue elegida para que fracasase. Por hacer un poco de antropología de baratillo, diríase que Europa está gobernada por mujeres hacendosas e impotentes y por hombres vanidosos y petulantes, como en la vida misma. ¿Y en España? Aquí aún gobierna un hombre/hombre, sensato, modesto, previsible, realista, en resumen, un tipo en el que no se puede confiar en absoluto, que camina a paso atlético, pero sin correr, bajo la lluvia de cascotes del edificio del estado en ruinas confiando en que el derrumbe no le dé en la cabeza.
Muy bien, pero que muy bien, le tiene que ir al mundo del dinero para que no haya levantado la voz ante el desguace social y político que tiene lugar a su alrededor, ¿o habría que decir a sus pies? El añejo objetivo neoliberal de adelgazar el estado se ha realizado tan cumplidamente que lo han convertido en una fantasmagoría y en zombis a todos los que lo habitan y sostienen; los políticos en primer término. Si no puedes confiar en que el banco donde tienes los ahorros no quiebre mañana, ¿por qué se te ha de exigir un criterio acertado y correcto cuando depositas el voto en la urna? Ríete una vez en la vida, aunque sea de la democracia.