¿Sabe usted quién fue el tal Harrison? Desde luego que no. Yo tampoco, hasta ahora. Las banderolas que ornamentan la página home, para decirlo en jerga, de google vienen dedicadas a dos clases de efemérides bien distintas. Una, a recordatorios y aniversarios banales y cursis, del tipo de sanvalentín o navidad, destinados a remachar la cultura universal e infantiloide de la generalidad de los usuarios de la plataforma, y otras a hombres y mujeres del ámbito científico, que ponen en evidencia la ignara condición de estos mismos internautas que utilizamos la plataforma como arcón de ocurrencias y buzón de cotilleos. El homenaje a estas figuras semiocultas en la memoria de las bibliotecas nos avisa de la incalculable masa de conocimiento científico que hay detrás del compulsivo acto universal de pulsar la tecla enter para asomarse, digamos, al lodazal del máster de doña Cifuentes, donde toda verdad se ha ausentado, en los antípodas de la ciencia a la que se supone que la universidad honra.

Este recordatorio de nuestra deuda científica provoca una mezcla de asombro por lo que representa y de vergüenza por lo que ignoramos. Es un sentimiento tan generalizado que los periódicos de referencia se hacen eco entusiástico del doodle del día como si la invención, digamos, del cronómetro marino de John Harrison hubiera ocurrido ayer y no hace trescientos años. La mayor parte de la humanidad, en la que este escribidor se incluye no sin bochorno, carece de la más elemental cultura científica y, si bien puede manejarse con más o menos desenvoltura en los tópicos de la historia convencional o en el cuadrante asignado a eso que llamamos humanismo, somos legos en el único campo del saber al que puede atribuirse el progreso humano. Solo la tecnología y su base la ciencia registran un proceso a la vez acumulativo y depurativo que permite hablar con objetividad de progreso. La ciencia cambia nuestra visión del mundo, alarga nuestras vidas y las hace más confortables, y por último nos permite entregarnos al ocio que constituyen los demás campos del saber, ya sean la filosofía, la moral o el arte, en los que no hemos avanzado ni un paso desde que Lucy se irguió sobre sus patas traseras en el valle de Laetoli y descubrió un horizonte inabarcable sobre la altas yerbas de la sabana. Fue en ese momento cuando un congénere intuyó la necesidad de los zapatos y se puso a la tarea. Quién sabe si el remoto predecesor de las afiladas fantasías de Manolo Blahnik y de los zapatos Frankestein no se descubrirá algún día en el doodle de google.