El rasgo más tenaz de la cultura europea ha sido el antisemitismo. Los modernos estados nacionales nacidos desde el final de la edad media marcaron a los judíos como el enemigo interior. La unificación ideológica de estas entidades de nuevo cuño se basó en la religión única y cristiana, ya fuera católica, protestante u ortodoxa según la fórmula cuius regio eius religio, que situaba a los judíos fuera de la ley por definición, al albur de expulsiones, reclusiones en guetos y otras formas de persecución más cruentas. Esta situación llegó a su cénit con el nazismo, la última expresión, por ahora, de la barbarie europea. Al comienzo del pasado siglo se produjo una eclosión de nuevos nacionalismos de la que se hicieron eco también los judíos. El sionismo fue el nacionalismo judío, que tenía la particularidad de carecer de solar propio, así que se dirigió a Palestina, donde un pueblo sin tierra encontraría una tierra sin pueblo. Dos falacias en una sola consigna. Europa era la tierra de los judíos y Palestina estaba habitada por los palestinos. El Holocausto pulverizó estas disquisiciones y dio legitimidad histórica al estado de Israel, y todos contentos, los europeos sin judíos y los judíos con un nuevo país en el que eran hegemónicos. Se acabaron los pogromos y las cámaras de gas. Israel no es más que la última expresión del colonialismo europeo, en el que no faltan los proverbiales rasgos de racismo y expansionismo típicos de este fenómeno, y tampoco el hecho de que la colonización esté protagonizada por perseguidos de sus países de origen del mismo modo que Australia fue colonizada por convictos de la corona británica, con la consiguiente desgracia para los aborígenes del lugar. La colonización, como sabemos, no es una empresa agradecida y el gobierno israelí ejerce sobre la población palestina una política de ocupación y segregación no muy distinta a otros ejemplos condenados por la historia. Don Puigdemont se ha apresurado a celebrar el septuagésimo aniversario de esta hazaña, en el marco de su rutina de autobombo para hacerse visible en el mapamundi

Don Puigdemont es un oscuro político de una región europea bienestante y sin más conflictos internos que los que se quieran provocar, al que las circunstancias han otorgado un protagonismo que no se compadece ni con sus méritos ni con su talla pública. No parece que de este personaje, por muy oprimido y perseguido que se sienta, pueda decirse que acaba de salir de Treblinka, y tampoco parece que quien se propuso alterar gravemente el estatus de la región que presidía con un discurso supremacista que excluía deliberadamente a la mitad de la población del territorio tenga muy claras las ideas sobre quién es el verdugo y quién la víctima, quién el héroe y quién el villano. El nacionalismo es una ideología hueca que tiende a jalear los modelos que encuentra más a mano. En este sentido, el conflicto palestino-israelí, con sus ambigüedades y contradicciones, es especialmente fértil. Podemos aventurar una hipótesis: un abuelo de don Puigdemont fue antisemita y partidario de la expulsión de los judíos (en esta provincia subpirenaica, tan parecida a la suya, conocimos a unos cuantos) y él ahora es partidario de la expulsión de los palestinos. El nacionalismo consiste básicamente en detestar a tu vecino de descansillo.