La ceremonia de coronación de los antiguos reyes francos y germánicos consistía en la elevación del caudillo electo sobre su escudo por encima de las cabezas de la asamblea de los libres e iguales y a hombros de los barones de la tribu. Este ritual ha dejado una expresión en castellano –alzar sobre el pavés– y su iconografía es muy popular en esta remota provincia subpirenaica donde ha dado lugar a un festival infantil llamado el rey de la faba. El caudillaje de aquella época caótica como la nuestra era flexible, urgente y carismático, e invitaba a sumarse al vasallaje, de grado o por la fuerza, a las tribus que no formaban parte del núcleo original. La invitación era conminatoria: nosotros o ellos. A por ellos es una consigna que puede decirse que inventaron los visigodos, los cuales, según la versión más rancia de la historia patria fueron los artífices de la unidaddeespaña. Hoy, el pavés o escudo se llama plataforma y en ella fue entronizado ayer en Madrid don Albert Rivera, convertido en una fusión de Astérix por su intrepidez, Obélix porque de alguna marmita mágica le debe venir la irresistible fuerza, y el jefe Abraracúrcix, que no se apea del escudo ni para tomar aliento.
El ritual de la plataforma evocaba todas las imágenes y exhalaba todos los olores familiares que nos asaltan cuando abrimos el armario ropero de la extensa, sólida y medrosa clase media española. Ahí estaba el macizo de la raza que deseó acabar con la república y sostuvo al franquismo; el buen pueblo que aceptó y apoyó la transición diseñada con cartabón por un grupo de falangistas conversos; que se echó en brazos del pesoe decolorado después de que el golpe de Tejero y compañía resucitara el fantasma de la guerra civil; la masa electoral que regresó a su zona de confort en el pepé aznárida cuando el peligro estaba conjurado y el bienestar recuperado, y ahora asiste al derrumbamiento de su partido corroído por la corrupción y arruinado por la cachaza de su inefable presidente; en fin, ahí estaba el centro, por decirlo con la definición sintética, horrorizado y espoleado a la vez por la embestida independentista de los catalanes.
La parafernalia simbólica es simple, conocida y tranquilizadora: la bandera y el jefe. El neopatriotismo incluso consiguió el milagro de que el tachunda del himno nacional rompiera a hablar. Así fue la asamblea fundacional de la plataforma de ciudadanos libres e iguales, un mantra destilado de la publicística de la era de Aznar: Savater, Juaristi y de Carreras, fundador del tinglado y en primera fila con las manos rotas de tanto aplaudir. Pero los españoles y las españolas no somos libres ni iguales. No lo son un turolense y un madrileño respecto a los recursos disponibles; ni un ejecutivo de banca y un parado de larga duración, ni un hombre y una mujer en las resoluciones judiciales o en el trato laboral; ni un vecino de Vallecas y otro de La Moraleja en las oportunidades de desarrollo personal. Los nacionalistas catalanes dicen hablar en nombre de la nación y han elevado al pavés a un oscuro publicista fascistoide. Desde ayer, oficialmente, los nacionalistas españoles también están a la tarea y ¿a quién han puesto allá arriba?