Un alto cargo y connotado militante socialista ha anunciado su rechazo a ocupar una cartera en el futuro gobierno de don Sánchez con un tuit de tono abrupto, típico del lenguaje ratonero que circula por la red: Quienes convierten la política en un pim pam pum parlamentario y en un lodazal mediático, ¿de verdad se sorprenden de q haya gente q no quiera renunciar a su vida/profesión para meterse en ese territorio tan hostil! Pa pensar. Sin duda, ha de haber circunstancias personales y privadas que motiven el rechazo a la poltrona de este ex ministro, pero llama la atención la publicidad que le ha dado y el pretendido moralismo contenido en su derogatorio pim pam pum parlamentario. Don Sevilla, pues tal es el nombre del ensoberbecido autor del tuit, ha decidido independizarse del gobierno y de la cosa pública y convertirse así, con la debida publicidad, en un paradigma de desertor de cualquier fórmula que lleve el apelativo de socialismo. Es una actitud que viene de muy lejos, y, por ahora, una corriente histórica dominante e irreversible.

En mil novecientos cuarenta y siete, se reunieron en Monte Pelerin, cerca de la localidad suiza de Montreux, los padres intelectuales de lo que hoy llamamos neoliberalismo. La nómina de los asistentes a aquel encuentro es deslumbrante (nada que ver con los titulados académicos ful que hoy administran su legado, como doña Cifuentes o don Casado) y el objetivo por el que estaban conjurados era devolver al dinero sus privilegios mediante el procedimiento de desmontar el estado nacional, que entonces era el titular del banco central y tenía poderes sobre los precios, los salarios, los intereses y demás indicadores de la economía de mercado. La revolución neoliberal no pretendía ocupar el estado sino vaciarlo, despojarlo de sentido, y liberar a los individuos –se entiende, a los individuos que poseían dinero suficiente para significar algo en el mercado- de las constricciones del poder político. En la versión española de esta doctrina, impulsada por los aznáridas y compañía, se trataba de ocupar el estado para luego vaciarlo. Los epifenómenos  de esta estrategia están ahora en los tribunales y algunos de sus agentes en la cárcel, pero esto es anecdótico. Lo que cuenta, en efecto, es que el estado nacional está en el desguace.

Don Sánchez deberá atender las demandas de jubilados, trabajadores precarios, dependientes sociales, estudiantes sin beca, inquilinos desahuciados, gobiernos regionales improductivos y servicios públicos desmantelados, es decir, la parte de la sociedad que el club de Monte Pelerin dejó fuera de la ecuación pero que, en una democracia, tiene la fea costumbre de acudir a las urnas. De hecho, la primera aplicación ex novo de las políticas neoliberales tuvo lugar en Chile tras el golpe de Pinochet. Nada detesta más un neoliberal que eso que llamamos un colectivo. La sociedad no existe, sentenció doña Thatcher, solo existen los individuos. Doña Thatcher, hay que recordarlo, fue amiga política y diríase que también personal de don Pinochet. La respuesta a esta concurrencia de destrucción del estado y laminación de la democracia es la independencia. Está de moda independizarse. Lo intentan los individuos y las  comunidades regionales o históricas porque creen que así les irá mejor y la techumbre del estado que se desploma no caerá sobre sus cabezas. Los primeros se independizan para convertirse en autónomos y emprendedores, términos que hacen babear de gusto a don Rivera et alii. Las comunidades también lo intentan, cada una a su modo. Los catalanes quisieron independizarse sin tener recursos para ello; los vascos han querido asegurarse antes los fondos a la espera de que llegue el momento. Pues bien, a día de hoy, ni los primeros tienen la independencia, ni los segundos, los fondos, del mismo modo que muchos autónomos se ven entrampados por las deudas en el acto mismo de iniciar su negocio. Hay, al parecer, una tercera vía. Los escoceses han presentado un plan de viabilidad económica que justifique su demanda de independencia. Lo presentarán, imaginamos, no ante el parlamento sino en las oficinas de la city londinense. Entretanto, don Sevilla, ministro que fue de don Zapatero, se independiza del socialismo y permanece a resguardo en su actividad privada. Por cierto, socialismo viene de sociedad.