De Cuelgamuros a Mingorrubio. No digan que son ajenos a la resonancia hipnótica que emana de la onomástica. Hay concentrada en estos nombres castellanos –igual que ocurre en los equivalentes catalanes, vascos, gallegos- la esencia de la lengua, que seguramente solo pueden paladear los que la tienen como lengua materna, pues concentran en su eufonía toda la contradictoria familiaridad y extrañeza del propio lenguaje. Estas palabras nada significan: son. En El viaje a ninguna parte, la extraordinaria película de Fernando Fernán-Gómez, una atribulada compañía de cómicos ambulantes recorre en los años de la inmediata post guerra una geografía desolada en la que los hitos de referencia son los topónimos. Pueblachos invisibles y lugares mineralizados de los que la memoria no guarda más que el nombre. Todo lo demás está condenado a la derrota y al olvido.
De Cuelgamuros a Mingorrubio va a ser, al parecer, el viaje a ninguna parte de los despojos de Franco. De la pompa del mausoleo faraónico a una tumba sin relieve, ignota, a través de los términos de una toponimia que representa la eternidad del mejor modo que sabe hacerlo el lenguaje. Mingorrubio es el cementerio de la localidad de El Pardo [el de mi pueblo tiene por nombre Berichitos, que también tiene gracia, perdón por el inciso] donde reposan los restos de la esposa del dictador, doña Polo, de sus dos lugartenientes, don Carrero y don Arias, de dos o tres ministros de sus gobiernos, falangistas y militares de lealtad probada más allá de la muerte, y, por si la nómina estuviera incompleta, también los del sangriento dictador dominicano Trujillo. En el Berichitos de nuestra infancia había una parcela descuidada y poblada de hierbajos, lindante al camposanto principal, delimitada por una tapia y a la que se accedía a través de una destartalada cancela, donde se enterraba a los protestantes y a los suicidas. Aquel régimen funerario era un apartheid aplicado a las almas innobles. Es de temer que Mingorrubio vaya a tener el mismo destino, si bien de significación inversa: un apartheid funerario para ultracatólicos bajo palio y matadores de otros. Franco ha sido durante cuatro décadas una abominable leyenda; ahora, si el gobierno consigue cumplir su propósito, ingresará en el túnel del olvido.
Un día cualquiera del que no hay memoria, el ayuntamiento de mi pueblo decidió borrar del mapa municipal el infamante cementerio de los protestantes y los suicidas. Fue un buen día para la razón y la libertad. Otro día similar del futuro, las autoridades locales de El Pardo se harán la misma pregunta sobre Mingorrubio, y es que a los humanos no nos gusta convivir con fantasmas en el vecindario.