Tal día como hoy hace ochenta y dos años se entronizó una nueva familia real en el país, ajena a los consabidos borbones con los que, a la postre, terminó emparentando. Fue la familia Franco, que entonces no era tan numerosa como lo es ahora. A la manera medieval, el cabeza de familia se hizo con el reino a sangre y fuego y lo acaudilló durante cuarenta años. Esta familia, que entraba en las catedrales bajo palio, ya no tiene el trono, pero tiene una tumba faraónica donde reposa el patriarca rodeado de huesos de partidarios y enemigos, servidores unos y botín de guerra otros, y todos convertidos en testigos involuntarios de un homenaje para la eternidad de quien ocasionó su muerte. La familia tiene además el privilegio de ser la fundadora del país en el que vivimos, y la que otorgó la legitimidad a la dinastía borbónica reinante, como ha reconocido el actual monarca al renovar la titularidad del ducado familiar en la persona de la matriarca heredera de los blasones de la familia. El rey emérito debe el trono al caudillo y el actual monarca debe el trono a su padre emérito, y por ahí seguido.
En estas circunstancias, grabadas a fuego, y nunca mejor dicho, en la memoria del país, se habla de exhumar los restos del caudillo del mausoleo de Cuelgamuros. Hoy en España no hay franquistas -no muchos, que se vea- pero la mitad del censo no tiene razones para entender que esta exhumación sea necesaria. Nuestra democracia se asienta sobre una ciudadanía menguada y los partidos han de tenerlo en cuenta si quieren obtener mayorías de gobierno. Ninguna voz relevante se opone a la exhumación pero más o menos la mitad del arco parlamentario, ubicado en las bancadas de la derecha, se ha puesto de perfil ante el propósito del gobierno. Nadie quiere fungir de franquista pero asisten con desconfianza y hostilidad a la ruptura del relato histórico que nace en Cuelgamuros y en el que se han criado, por las imprevisibles consecuencias que pudiera tener. El progresismo partidario de la exhumación arguye que ninguna democracia puede tener un monumento a un dictador. Fueron las palabras de don Sánchez ayer en la tribuna del congreso, desmentidas por los hechos. ¿Cómo que no, si hemos convivido cuarenta años con el armatoste?, ¿por qué no otros cuarenta más? Lo cierto es que este argumento derogatorio vale para las democracias europeas, no para la nuestra. Los más persuasivos partidarios de la exhumación se internan en el terreno de la ley de Godwin y afirman que en Alemania o Italia serían inimaginables monumentos a Hitler y Mussolini. Cierto, pero es que estos dos tipos no hicieron algo que sí hizo Franco: bombardear las ciudades de su propio país y masacrar a la población civil, combatir a punta de bayoneta al gobierno legítimo al que debía el cargo que ocupaba, fusilar y encarcelar masivamente a sus conciudadanos, saquear las posesiones de los vencidos como botín de los vencedores, y establecer una dictadura de hierro hasta que el buen dios le llamó a su seno. Franco erradicó la democracia republicana con la misma determinación y eficiencia con que Fernando e Isabel erradicaron el islam de la península. ¿Y quién niega que vivimos en el país de los reyes católicos? La exhumación de Franco es como si un moro quisiera ser alcalde de Madrid.
En todo caso, la aparente flojera del franquismo residual ha movilizado a la familia en contra de la exhumación del abuelo, con éxito momentáneo. El gobierno ha cortado en seco el optimismo que impulsaba la empresa, ha avisado de que tardará un tiempo en llevarse a cabo y se ha puesto a revisar papeles y a buscar argumentos para evitar que esta propósito termine abortado como el nombramiento del nuevo consejo de la tele pública. La familia ha encontrado el inmediato apoyo del prior, que no abad (tengo que preguntar a Quirón sobre esta distinción), benedictino de la basílica, encantado de su empleo de sumo sacerdote en este particular reino de los muertos, y podría ser que, si entre todos lo hacen bien, y apoyos no han de faltarles, su resistencia dure más que el gobierno de don Sánchez, el cual no parece comprender que su estirpe fue derrotada por el difunto de Cuelgamuros, lo que le convierte en un ser contingente mientras el mausoleo es un ente necesario, al menos para que este tinglado en el que vivimos se mantenga en pie. Una tele ya ha anunciado hoy que la exhumación podría requerir el nihil obstat del papa de Roma. Lo dicho, puro Medievo.
La orden benedictina está estructurada como una especie de Suiza confederal. Los monasterios son absolutamente independientes, aunque desde hace más de un siglo se han agrupado en congregaciones, a modo de estados confederados, pero con un sistema de subsidiariedad neto, al mando de un abad general que es su jerarca máximo, su presidente/president/lehendakari. Por encima de las congregaciones se sitúa el abad primado, como un monarca representativo dotado de escaso poder. El prior del monasterio del Valle de los Caídos aparece en la tele con arreos muy poco solemnes: en vez de portar mitra, báculo y anillo de obispo, se le suele ver revestido de un roquete, esa especie de blusón clerical. No es por humildad; es que el pobrecito no fue elegido abad sino sólo prior. En la jerarquía interna de cada monasterio, el abad es la autoridad máxima y absoluta, seguido del prior. El cargo de abad es vitalicio; el de prior, temporal. Los monasterios pequeños no suelen tener derecho a elegir abades (con dignidad casi episcopal), sino sólo priores. En el caso del Valle, sus monjes (electores de su propio superior) no se han puesto de acuerdo para dotarse de un abad, debido, posiblemente, a rencillas internas (léase «El nombre de la rosa»). En función de la estructura confederal de la orden, el prior del Valle sólo debe obediencia al general de su congregación, el abad del monasterio francés de Solesmes. De todos modos, podría ser destituido por varias instancias: sus electores, el llamado abad visitador, y, desde luego, su abad general. Con permiso de manuelbear, citaré dos frases de latín clerical recreativo que, en nuestro caso concreto, debería conocer el gobierno a fin de no tener que recurrir a ningún decreto ley para desenterrar la momia y procurar remover del sillón al prior del valle mediante alguna artimaña: “Semel abbas, semper abbas; semel prior, nunquam prior” (“El que es abad una vez, lo es para siempre; el que es prior una vez, no volverá a serlo nunca”).
Gracias. Nunca sabes cuándo vas a necesitar un poco de cultura eclesial.