Etcétera. El recién llegado es don Errejón, incubado desde meses atrás por una abuela de la que ya disputan su legado unos y otros. El parto ha sido previsible, indoloro e insípido. Unas pocas docenas de seguidores se han reunido en el patio de un edificio público de Madrid provistos de una tarjeta verde y otra roja, y han respondido a una pregunta implícita en la convocatoria: ¿sí o no? El revuelo de tarjetas verdes ha sido abrumador. ¿Cómo negarte si te invitan a una fiesta, aunque sea la fiesta de la democracia? La justificación por la decisión tomada también ha sido parca y obvia: la alta abstención prevista. Los abstencionistas, ya se sabe, votarán a Errejón con tal de no quedarse en casa.  Si algo sobra en este país son electores. Permítanme una digresión histórica.

Los primeros años ochenta también fueron tiempos de confusión, que en aquella ocasión afectaba sobre todo a la derecha, lo contrario de lo que ocurre ahora, y a unos prebostes se les ocurrió la idea de impulsar a las elecciones generales un partido nuevo destinado a captar el malestar que presuntamente se detectaba en la sociedad, al que llamaron partido reformista democrático y al frente del cual pusieron a don Roca Junyent. Para millenials aclararemos que don Roca fue uno de los redactores de la constitución, mano derecha de don Jordi Pujol durante muchos años y en su último avatar, abogado de la esposa de don Urdangarín en el feo asunto Nóos. Aquellos reformistas fueron muy jaleados pero no tenían ni programa ni organización de la que extraer las candidaturas, así que la primera tarea fue crear un partido tirando de amistades, contactos y mucho teléfono. Un abogado de esta remota provincia, de apellido San Martín, recibió una inesperada invitación telefónica para que encabezara la lista local; el tipo no tenía idea de por qué habían pensado en él pero tampoco tenía nada mejor que hacer y aceptó la oferta (en España son legión los que esperan que les llamen para salvar a la patria, porque yo lo valgo). Luego se dijo que el encargado de las llamadas, quizá agobiado por el exceso de trabajo y las prisas, había confundido al abogado con un arquitecto del mismo nombre, que era al que en realidad se buscaba. No importa, el abogado no fue elegido diputado y tampoco ningún otro candidato de aquel partido reformista al que los electores no dieron la oportunidad de reformar nada porque feneció en aquellas mismas elecciones, y así empezó y acabó lo que en la historia de nuestra democracia se conoce como la operación Roca.

Hablemos, pues, de la operación Errejón. Está fuera de duda que va a ser pasto mediático durante semanas y que numerosos intereses cruzados van a bailar el agua a la iniciativa. En especial, en el pesoe. Lo que tiene de espectáculo la política se va a ver animado por la promesa del duelo fratricida de los dos fundadores de podemos, antaño amigos del alma y hoy, ya se ve. Es casi seguro que esta expectativa se va a ver frustrada, sin embargo, porque, de alguna manera, don Iglesias y don Errejón correrán durante la campaña por pistas distintas. El segundo no podrá participar en los debates televisivos que van a ser el factor determinante del resultado electoral, sobre todo para reactivar a los abstencionistas. Está por ver el trasvase de cuadros y organización que se pasan de unidaspodemos al bando errejonista fuera de Madrid, donde la ley electoral prima a la papeleta que va en cabeza y penaliza a los últimos de la fila, es decir, castiga la fragmentación de las ofertas afines, pero todo eso ya deben saberlo los estrategas electorales. Es posible que estemos al principio de la definitiva consunción de la herencia del famoso quince-eme.