Robert de Niro es un muy notable director de cine cuya obra, exigua, solo dos películas, está naturalmente opacada por su fama como intérprete. Su segunda y última película, El buen pastor (2006) es una obra maestra, por su factura y por su contenido. En ella se cuenta, a través de un ambiguo y desapacible personaje interpretado por Matt Damon, la creación y el desarrollo de los servicios estadounidenses de inteligencia exterior, lo que conocemos como la cia. En los servicios secretos, como indica el nombre, todo es secreto: la identidad de los agentes, las actividades, los objetivos, los métodos, así que resulta pertinente preguntarse cómo se conforma un servicio invisible e inaudible en el interior de la administración del estado. Esta es la pregunta a la que, de manera dramatizada, responde la película. En el caso que narra, la recluta de futuros agentes se hace entre brillantes jóvenes wasp -blancos, anglosajones y protestantes-, alumnos de selectas universidades privadas y dotados de cualidades para observar e interpretar el mundo que les rodea. En el curso de su carrera posterior vivirán en un círculo cerrado de amistades y relaciones personales, con sus propios códigos, celebraciones y contraseñas, en una atmósfera tóxica que terminará por dañar irreparablemente a la gente del entorno familiar y amical en el que viven, asesinatos incluidos.

Un servicio de este tipo tiene dos rasgos inquietantes: sabe y puede más que el gobierno al que sirve y opera como una secta infranqueable. Desde Fouché a Putin sabemos que los servicios secretos sobreviven a gobiernos y regímenes y son inmunes a fracasos y crímenes, además de escasamente funcionales para la presunta misión para la que son creados. Un ejemplo reciente y casi chusco: todos los servicios de inteligencia del gobierno español, que luego acusaría a los soberanistas catalanes de rebelión y golpe de estado, fueron incapaces de detectar el almacén de las urnas con las que habría de realizarse el baqueteado referéndum independentista del  uno de octubre de dos mil diecisiete. Imagínense las complicaciones y descalabros de que nos hubiéramos librado todos si los espías del gobierno hubieran hecho su trabajo.  

Vienen estos tópicos a cuenta de la noticia de que el vicepresidente del gobierno y líder podemita, don Iglesias, formará parte de la  comisión que controla el ceeneí, el organismo del espionaje español. Es obvio que esta noticia es una exigencia del folclore político en el que vivimos y que de no ser don Iglesias el concernido, no habría noticia. El titular del diario de referencia añade una coda que le traiciona: tendrá acceso a los secretos de estado. Es un titular de chiste. Si no el vicepresidente del gobierno, ¿quién puede tener acceso a los secretos de estado? Eso, aceptando que las ocupaciones del espionaje español sean secretos de estado o más bien se les llame así por conveniencia o pereza. ¿Son secretos de estado las andanzas e industrias nocturnas de don Ábalos con la vicepresidenta venezolana?, ¿fueron secretos de estado las armas de destrucción masiva atribuidas a Sadam Hussein y cuya existencia aseguró la ministra española de exteriores, doña Loyola de Palacio, ante el consejo de seguridad de la onu como si las hubiera visto con sus propios ojos, para eterna vergüenza del país al que representaba? En fin, dejémoslo.

La noticia de don Iglesias en su nuevo desempeño como supervisor de espías no tiene más interés que ser una plegaria atendida. Fue en enero de 2016 cuando compareció para contar al público la larga carta de demandas de cargos y carguetes a don Sánchez para apoyarle en la investidura, entre otros, la dirección del espionaje. Entonces el boss no le hizo caso, la investidura se malogró y don Iglesias se convirtió en habitante de las pesadillas del hoy presidente del gobierno, hasta noviembre pasado en que descubrió que, si no puedes acabar con un mal sueño, conviértelo en un somnífero. Y aquí está don Iglesias, atrapado por ley en la doble obligación de impulsar el incordiante trabajo de los espías y guardar el secreto de las pifias que cometan.