El primer, y único, contacto con la política de podemos fue cuatro años atrás en un mitin celebrado en un polideportivo universitario de esta remota ciudad subpirenaica. En aquella ocasión, de la quedó noticia en esta bitácora, llamaron la atención del espectador dos aspectos novedosos que tenían más que ver con los modos que con los contenidos de la política. Uno era la desenvuelta familiaridad de los organizadores con las nuevas tecnologías de la comunicación, que tuvieron un peso significativo en la estructura del mitin, para nada tradicional. El segundo rasgo fue el gusto de don Iglesias por la sobreexposición mediática, y el tono deliberadamente provocador de sus intervenciones, a pesar de que en aquel momento la prensa que se llama a sí misma seria ya le había puesto la proa y estaba en marcha una campaña mediática y política de acoso y derribo que aún no ha terminado y que quizá no terminará nunca.
Los dos rasgos están interrelacionados. El uso y abuso de las redes sociales implica una actitud adánica, propia de quien cree que el mundo empieza con él y, en consecuencia, rehúye la cautela, la discreción y la prudencia en sus mensajes. El influencer, por decirlo con un estúpido modismo al uso, cree que el mundo se divide el followers y haters, ambos igual de obvios, inmediatos y explícitos, y mensurables mediante los algoritmos de la red. Esta actitud desenvuelta ha dado lugar a una subespecie de políticos llevados a pedir disculpas al ancho mundo por los rebuznos que han estampado en las redes. La política, a pesar de la revolución tecnológica, sigue siendo el terreno de las estrategias, las previsiones, el cálculo de los tiempos y la venganza en frío, incompatibles con la inmediatez y espontaneidad de tuiter. Estos mensajillos son perdigones, aunque algunos llevan una carga letal que tendrá su efecto en el momento oportuno.
Así fue como los periódicos publicaron informaciones destinadas a minar la credibilidad del líder podemita, fruto del robo del dispositivo móvil a una asesora de don Iglesias (¿?). Denuncia ante el juez y personación de don Iglesias como perjudicado en la causa. Sin embargo, el contenido de estos insidiosos dispositivos tiene una latencia y una expansividad inimaginables para los habitantes de la era analógica, en la que aún estamos en gran medida. Internémonos en el laberinto. El que robó el móvil de la asesora (¿?) hizo copias de la tarjeta de memoria y las ofreció a diversos medios de la prensa amiga, uno de los cuales no llegó a publicar su contenido y la entregó al propio don Iglesias (¿?) a la vez que hacía llegar otra copia a la cloaca del famoso don Villarejo (¿?). Don Iglesias conservó su copia sin advertir a su asesora de que la tenía en su poder (¿?) y se la remitió meses más tarde y dícese que estropeada (¿?). Entretanto, el embrollo está en manos de un juez de la órbita aznárida, que ha mudado la situación del vicepresidente del gobierno de perjudicado en la causa a sospechoso de daños informáticos y ha enviado una comisión rogatoria a una empresa del Reino Unido para que dé un dictamen sobre el estado procesal de la dichosa tarjeta de memoria (¿?). Continuará.
Dos conclusiones provisionales. Una, la más obvia e inmediata, es que nunca nadie que tenga la enemiga de tanta gente con tanto poder ha llegado tan alto en España, lo que es un mérito que debe reconocerse a Pablo Iglesias Turrión. La segunda conclusión es prospectiva: la memoria inerte de los dispositivos móviles es más poderosa y potencialmente dañina que la memoria activa de los seres humanos. Esta conclusión nos advierte, no solo sobre la futura supremacía de la inteligencia artificial sino también sobre el funesto hábito de considerar al móvil como nuestro mejor amigo y compañero de fatigas.
Epílogo. El hijo pequeño de don Pablo Iglesias y doña Irene Montero se ha apropiado del móvil de su padre y ha mandado este mensaje por tuiter: HW vi. ¿Un mensaje en clave? El padre de la criatura ha comentado jovialmente por el mismo canal: ¿os he dicho alguna vez que hay que tener cuidado y no dejar el móvil al alcance de los peques? Pues eso. Exactamente, eso.