El primer martes después del primer lunes de noviembre de este año de desgracia, es decir, mañana mismo, la metrópoli imperial celebrará una apoteosis de este jálogüin sin término en el que vivimos. Bajo las luminosas cenefas de hojas otoñales se enfrentarán al borde del precipicio terroristas contra aterrorizados. Los primeros niegan que el abismo exista y empujan a los demás a saltar al vacío. Los segundos creen ver el precipicio que les espera, sienten en la piel el riesgo que significa pero, aún así, si les queda un adarme de duda -no puede ser tan malo-, quizá salten también. Si vencen los terroristas, el planeta entero se habrá inclinado sobre su eje y todos estaremos en otra dimensión; si son los aterrorizados los que ganan el envite, el abismo seguirá ahí y el suelo que pisamos seguirá incierto y quebradizo. La regla básica del juego es que no hay futuro y la elección es entre acelerar el fin o conservar el presente, que ya es pasado. Trump se ofrece como rey del caos; Biden, como tembloroso conservador de un orden descabalado. El primero ruge, el segundo susurra. Truco o trato, pero a lo grande.
Por supuesto que los terroristas también tienen miedo ante el vacío, y sienten miedo por lo que están haciendo, por eso se disfrazan con máscaras grotescas, se visten con ropones amenazadores, blanden armas sanguinolentas, gesticulan y gritan, como los niños en jálogüin o los chamanes primitivos en las fiestas de guardar, de modo que no creamos que son ellos quienes actúan sino el abismo que representan y quieren exorcizar. Es la vuelta al pensamiento mágico, a la tribu, a la caverna. ¿Quién iba a decirnos que veríamos a la policía empleada en disolver una manifestación de convecinos que niegan la evidencia de lo que tienen ante sus ojos? No hay pandemia, no a las mascarillas, no a las vacunas: libertad.
Por primera vez desde que los más viejos del lugar tenemos memoria, la calle está ocupada por una fantasmagoría. Cierto que hemos asistido en el pasado a manifestaciones conservadoras y reaccionarias, pero eran oportunistas y tenían un sustrato inteligible, una cierta trama ideológica susceptible de ser compartida o combatida. Pero, ¿cómo argüir contra una horda de matones chiflados que dicen denunciar una conspiración mundial inexistente? ¿Qué hacer frente a una eclosión de zombis que han perdido la razón y quieren arrebatarnos la nuestra? Quienes dicen saber afirman que Trump será derrotado mañana, pero quien esto escribe aún se pregunta cómo pudo ser elegido hace cuatro años, y ya puestos, quién eligió a doña Ayuso en Madrid o cómo pudo don Abascal con el cerebro saturado de anabolizantes conseguir cincuenta y pico diputados en el parlamento.