Bueno, bueno. Vale. Mensaje recibido. El trumpismo seguirá entre nosotros después de la derrota de su fundador, que aún no se ha consumado. Trump todavía tiene un par de meses para volvernos locos a todos entre recursos y demandas, sin contar el hecho físico de que quizá haya que sacarle del despacho oval a rastras. Esta misma mañana, los comentaristas más avezados ya habían empezado a corregir el azimut de sus previsiones para anunciarnos una larga estadía con esta mutación de la derecha, que, como dijo uno, ha venido para quedarse, lo que significa que la derecha neocentrista y dizque moderada seguirá sin poder dormir tranquila y la izquierda tendrá que ponerse las pilas y hacer los deberes. Aquí tenemos abascalina para rato. No debería extrañarnos; en Francia, el frente nacional está presente en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales desde hace dos décadas y su derrota final solo es posible en cada ocasión mediante una heterogénea coalición de fuerzas de derecha e izquierda convencionales, que, sin ánimo de ofender, representan el antiguo régimen.

Aventuremos una hipotética explicación a este fenómeno histórico. La bomba atómica sobre Hiroshima despertó a Godzilla de las entrañas de la tierra y el tsunami de la globalización ha resquebrajado al estado y liberado los demonios interiores de la sociedad liberal, el más conspicuo de los cuales exhibe una cresta en technicolor. En las innumerables crónicas que nos han ilustrado durante estos días se ha deslizado la idea de que Estados Unidos podría ser un estado fallido. Si esto fuera así, qué habríamos de decir de sus satélites. A Biden, el tío Joe, ese abuelo atildado y de aspecto bonancible, le espera una gobernación de todos los demonios, pues no solo deberá impulsar su agenda inmediata con un senado trumpiano en contra sino que debería crear las condiciones para un equilibrio internacional a largo plazo, si aspira verdaderamente al liderazgo de esta parte del planeta que llamamos occidente. Trump ya había renunciado a ello y los demás empezábamos a acostumbrarnos, perezosamente, a la nueva situación.

Vivimos en una pugna entre la uniformación planetaria del modelo productivo bajo la férula de la revolución tecnológica y la proliferación de identidades que fomentan la secesión y la fragmentación del cuerpo social. A medida que las condiciones objetivas y materiales parecen  empujarnos hacia una igualdad que cada vez es más lejana, brotan particularismos y minorías enfrentados en su busca de una justicia que los ampare. Las democracias liberales crujen estrujadas por este choque tectónico y la tentación autoritaria está presente. Por ahora, parece que entendemos que es mejor el sentido común que la hybris. La victoria de Biden, que no sé por qué doy por supuesta en este momento, es el frágil resultado de esta convicción. Entretanto, sigue el parsimonioso conteo de los votos, como una partida de ajedrez: blancas ganan Wisconsin, negras pierden Georgia, blancas y negras disputan Arizona. Y así.