El exilio es una noción de connotaciones aflictivas pero como hecho histórico ofrece muchos matices. El líder podemita, don Iglesias, se ha impuesto el deber de conseguir que nadie tenga que irse de España por razones políticas -ni económicas, si vamos a eso- y llevado por el rigor de esta misión no ha dudado en identificar la situación de don Puigdemont en su palacete de Waterloo con la de los miles de republicanos obligados a escapar de la furia asesina de Franco. Vas de mesías y, a la primera pregunta filistea, caes como un ceporro.
Naturalmente, ha recibido un merecido chorreo universal, pero su alocada identificación cuadra con la percepción que de sí mismos tienen los soberanistas catalanes. En un homenaje oficial a la memoria de los españoles cautivos en el campo de Mauthausen, en mayo de 2019, los representantes de la generalitat no dudaron en encarar a la ministra del gobierno central por los presos políticos condenados por la fallida intentona independentista de octubre de 2017. Equiparar la suerte de don Puigdemont y don Junqueras a la de Francesc Boix o Joaquim Amat-Piniella, catalanes supervivientes de Mauthausen, es escupir sobre las tumbas de estos.
Don Iglesias es madrileño, una nacionalidad acogedora, como destaca doña Ayuso, y sin duda carece de la experiencia de tener un vecino de la infancia que diga de sí mismo que no es español. Ser exiliado en el país donde has nacido y te has criado, donde has hecho tu carrera profesional y has formado una familia, donde hablan tu lengua (y otras) y donde puedes llegar a ser presidente de su gobierno es un sentimiento sutilísimo que no está al alcance de cualquiera y que cuando se formula políticamente adquiere tintes narcisistas que excluyen al interlocutor, aunque sea un obsequioso podemita, que no parece comprender que don Puigdemont se sienta más a su gusto en Waterloo donde es objeto de atención, agasajos y reverencia que en una Cataluña plural, que no es suya. Es el mismo síndrome de los caudillos y pretendientes carlistas que inspiraban la política decimonónica desde alguna remota corte europea y a cuyo encaste pertenece el ex president catalán.
La querencia misional de don Iglesias por los españoles que no quieren serlo viene de lejos. Cuatro años y pico atrás ofreció en esta remota ciudad subpirenaica un mitin para presentar en sociedad a don Echenique como nuevo responsable de organización después de una purga de errejonistas. La prensa se hizo eco de esta noticia con un titular: Iglesias dice que Arnaldo Otegi es un hombre de paz. Sin entrar en el ambiguo contenido del mensaje, nos preguntamos qué tenía que ver con el futuro de podemos. El tiempo va a aclarándolo: la organización territorial del partido se disuelve, entre otras razones, por la erosión que producen los particularismos regionales de cada territorio y ahora mismo la entronización de don Puigdemont como exiliado republicano es un torpedo contra los comunes catalanes, que arrebataron la alcaldía de Barcelona a juntspercat, el partido de la derecha sin el que el proceso soberanista hubiera sido imposible.