La fascinación que los ejercicios de trapecio despiertan en el público radica en que desde las gradas del circo no se aprecian con claridad las sirgas y barras que sirven de soporte al artista en su desafío a la ley de la gravedad. La emoción del número está en que la expresión admirativa de los espectadores puede convertirse en una mueca de espanto si las manos extendidas del trapecista no alcanzan a atrapar el soporte que cree que le espera. Un respingo de esta clase se ha visto en el universo podemita cuando don Iglesias anunció que abandonaba la vicepresidencia del gobierno para encabezar a la izquierda en la batalla de Madrid, una plaza donde la red de seguridad de la izquierda no puede estar más agujereada.
El vasto y confuso seísmo de los indignados, que eclosionó a mediados de la década pasada, ha quedado reducido a un tipo de rostro afilado, ceño fruncido y melena abundosa, dando volteretas en la cúpula del circo, que él querría que fuera la cúpula del trueno. Abajo le espera el duro suelo de la cancha madrileña en la que casi con total seguridad se va a partir la espalda..
Podemos fue el inesperado y explosivo invitado de la gran crisis financiera de diez años atrás y, como los demás experimentos emergentes, significó una ruptura, en este caso desde la izquierda, con la tradición política asentada. El formato es idéntico en todos los casos: un pedigrí desconocido cuando no excéntrico, una ideología difusa, un puñado de académicos en el núcleo fundador y un liderazgo exhibicionista e indiscutido, que a la postre constituye el único patrimonio de la empresa. Los podemitas buscaron sus fuentes en el Sinaí del populismo latinoamericano y desdeñaron la aportación laboriosa y siempre insuficiente de la tradición comunista patria, y, cuando finalmente la aceptaron e incorporaron a la sigla, el proyecto se volvió aún más ilegible con la famosa pérdida de un millón de votos de la que aún nadie ha dado razón. En ese momento, el líder y la estela que le seguía empezaron a circular en órbitas distintas y cada avanzada del primero tenía como correlato un desastre en la retaguardia. No hace falta detenerse en los detalles del actual estado de indigencia de la organización podemita, que en Madrid tendrá que competir con su propio spin off.
No sabemos si don Iglesias es consciente de las contradicciones y paradojas que deja tras de sí en cada uno de sus movimientos tácticos. Una muy obvia es que ha dejado como su heredera en el gobierno a doña Yolanda Díaz, una comunista y sindicalista de la escuela de Marcelino Camacho: negociación y presión, los dientes apretados para parar los golpes y paciencia. La ministra de trabajo representa la gran aportación del peceé a la democracia española (los viejos del lugar sabemos reconocerlo, con agradecimiento), justamente la tradición que don Iglesias quiso superar mediante una guerra de guerrillas que, lejos de descolocar al adversario, lo ha puesto alerta y ha creado una némesis en doña Ayuso.
La presunta envolvente podemita tampoco consiguió desequilibrar al competidor socialdemócrata. De hecho, la trituradora que dirige don Sánchez ha conseguido un par de victorias tácticas con la marcha de El Coletas. No solo se ha librado de una mosca cojonera, que según confesión propia no le deja dormir, sino que ha devaluado la presencia de unidaspodemos en el gobierno rebajando el rango de la vicepresidencia que ostentará doña Diaz y poniendo a esta a las órdenes de la liberal doña Calviño. La agenda socialdemócrata se está cumpliendo a rajatabla: ampliación de los derechos civiles y férreo control de cualquier iniciativa que intente estorbar a las exigencias del capital. Dicho con los hechos: aprobación de la ley de eutanasia, de una parte, y aplazamiento de la reforma laboral y cambiazo en la ley de alquileres, de otra. Entretanto, don Iglesias en las nubes, haciendo piruetas en la cúpula del trueno.