Rafael Poch, un periodista y analista político que tiene la virtud de argumentar a contrapelo, aventuró el último día del año pasado la posibilidad de una nueva crisis de los misiles entre Rusia y Estados Unidos, análoga a la que en 1962 enfrentó a las dos potencias en Cuba, y que a punto estuvo de desencadenar una guerra nuclear. En esta ocasión, el punto de ignición sería Ucrania. Las razones de Poch son siempre dignas de atención pero el lector distraído, que es llevado por la actualidad como quien galopa sobre un tigre, podría sugerir otros dos escenarios del fin del mundo inspirado solo en las noticias de hoy mismo.
Uno de esos lugares podría ser Kazajistán, donde el tiranuelo del lugar ha decidido acabar a tiro limpio con las manifestaciones de protesta de la población. Las razones que han incendiado las calles resultan conocidas y son comunes en todo el mundo: alza del precio de los combustibles, carestía de la vida, enriquecimiento descontrolado de las elites, etcétera. Problemas globales, soluciones locales, en cada país a su estilo. Rusia ha decidido enviar una fuerza de paz para sostener al gobierno que preside el tal Tokayev con el doble objetivo de ayudarle a disuadir a los manifestantes y de advertir al mundo de que Kazajistán está en su área de influencia. Putin recuerda la vieja práctica imperial experimentada en Hungría (1956) y Praga (1968) y más recientemente en Osetia, Georgia, la mencionada Ucrania, etcétera, y ha hecho suya la famosa doctrina de política exterior practicada durante la guerra fría por el departamento de estado norteamericano según la cual, Somoza es un hijo de puta pero es nuestro hijo de puta. Póngase Tokayev donde el refrán dice Somoza y nos entendemos todos. Washington y Bruselas no le quitan ojo a la intervención rusa.
El segundo lugar en que se podría iniciar el fin del mundo es más improbable y más lejano pero tiene el encanto de la post modernidad mientras que Ucrania y Kazajistán son herrumbrosos vestigios de la guerra fría, vale decir, la anticuada modernidad del siglo pasado. Este lugar que se ha vuelto potencialmente peligroso es Australia. Imaginen el relato de los hechos que hará un marciano cuando aquí no quede bicho viviente. Un tenista de fama internacional va al país de los canguros para celebrar un campeonato que espera ganar y le detienen en la frontera porque, de acuerdo con las leyes sanitarias del lugar, no está vacunado contra un virus que trae a la humanidad a mal traer.
El asunto es trivial pero ahí radica su encanto: son las trivialidades y las mentiras las que activan los cataclismos. Las agencias de noticias y las redes digitales crepitan y los telediarios entran en éxtasis. Por fin, algo emocionante para salir del aburrimiento post navideño. El tenista es un niño pijo y consentido, que tiene a su servicio una tropilla de abogados y pleitea con el gobierno que le impide el paso. La respuesta no queda en eso; de inmediato, sus allegados y seguidores se echan a la calle con la bandera nacional y el gobierno serbio, del que es ciudadano el afrentado Djokovic, eleva una protesta al australiano.
La bola aumenta de volumen: el tenista está dizque secuestrado en condiciones infames de cautiverio porque no dispone de una pista de tenis para entrenarse. El padre del chico, que calza una gorra roja de béisbol, toma el megáfono y compara a su hijo con Espartaco (que, por cierto, era serbio) y, ya puestos, con Jesucristo (que no era pero casi, para los efectos). Un cura con largas barbas y hábitos muy historiados acompaña las protestas con sus preces, y el asunto adquiere un tinte místico. Una ministra del país de los carceleros explica en la tele las razones de su gobierno pero se la ve dubitativa e insegura porque se le escapan las dimensiones que puede adoptar el problema. ¿Y si su gobierno ha cometido una pifia descomunal?
En el bando del niño Djokovic, una voz resume la cuestión y da la fórmula magistral: es una guerra entre el este y occidente, entre pobres y ricos. Nadie ha olvidado que el brazo armado de occidente, la OTAN, bombardeó Serbia en la guerra de los Balcanes, a principios de los noventa. Además, Australia está a un tiro de misil balístico de Siberia, el confín del este político y territorio ruso. Y los negacionistas de las vacunas, el partido en el que milita Djokovic, son legión en occidente donde bien podrían formar una inquietante quinta columna. Aten cabos y hagan acopio de papel higiénico porque viene un año de cuidado.