A principios de los noventa, occidente asistió al desplome del bloque oriental -la caída del muro de Berlín y todo eso-, que nadie había previsto, con una mezcla de sorpresa y complacencia. Entonces improvisó una explicación según la cual el sistema socialista había sido derrotado por la manifiesta superioridad –armada, económica y moral- de la democracia y el libre mercado. Un puñado de capitostes de aquellos países ex socialistas arrambló con todo lo que pudo del capital público y durante un breve periodo se entendió que aquel saqueo o privatización a la brava era un respetable tránsito hacia la economía capitalista. Fue la fiesta de Boris Yeltsin, la conjura de los boyardos, ahora llamados oligarcas, a la que puso fin Vladimir Putin cortando algunas cabezas para devolver a Rusia a lo que podríamos llamar su estado histórico natural desde Iván el Terrible: un país inabarcable, ensimismado y autocrático, pesadamente conservador, sin tradición democrática y extremadamente receloso de las intenciones de los vecinos, sin que para esto último le faltara razón pues han sido dos las ocasiones desde que nos ilumina la Ilustración en que fuerzas procedentes de Europa occidental, hasta entonces invencibles, han querido conquistar Moscú.

Rusia es un imperio asediado; un ogro con taquicardia. Al término de la segunda guerra mundial, se rodeó de un doble anillo defensivo. El exterior estaba formado por los países centroeuropeos que ocupó en el reparto de áreas de influencia entre los aliados vencedores. Estos países tenían su propia historia y cultura y lo que querían era sacudirse de encima la tutela política y militar de Rusia, la cual, obligada por las circunstancias, disolvió su artefacto militar multinacional y sobre el territorio que abandonaron los tanques rusos se asentó la coalición militar occidental. Hasta ahí, pase. Pero el anillo interior está formado por países que fueron parte del imperio del zar y que Lenin y Stalin (por cierto, encargado de las nacionalidades en el reparto de tareas de la cúpula bolchevique) mantuvieron bajo su férula hasta que la magnanimidad de Yeltsin les otorgó la independencia en el marco de la implosión soviética. En este mosaico imperial que Putin quiere restaurar, Ucrania en la joya de la corona. En una remota asociación de tribus eslavas que constituyeron el llamado rus de Kiev está el origen de lo que conocemos como Rusia. ¿Va a dejar Moscú que se instalen armas de una coalición occidental en el corazón histórico y sentimental de Rusia como lo han hecho en Polonia y en los Países Bálticos?

A su turno, Estados Unidos y su instrumento militar, la otan, tampoco quieren retroceder en el terreno conquistado y, si hay oportunidad, quieren ampliarlo. Rusia no tiene poder de veto sobre los países que quieren incorporarse a la otan, dice el jefe del artefacto. ¿No lo tiene? Ya veremos. ¿No lo tenía Estados Unidos en Cuba en 1962? El niet ruso frente a la arrogancia aventurera de Estados Unidos y sus aliados occidentales, como en los buenos tiempos de la guerra fría, de la que ambos bandos aprendieron que es la mejor fórmula para mantener disciplinadas y en silencio a sus respectivas parroquias. Un imperio del que no queda más que la cáscara y otro que tiene instalada la guerra civil en su propia casa se han reunido en una mesa de negociación para enseñarse los colmillos uno al otro. Por estos lares notaremos los efectos de la guerra en el recibo de la luz.