Un antiguo amigo fue detenido en 1972 en el curso de una redada contra el terrorismo en la que también cayeron otros amigos y conocidos cuya única experiencia compartida era que todos vivían en Babia. Ninguno tenía relación con el objeto de la redada y fueron puestos en libertad a las pocas horas sin pasar por el juez ni, lo que fue más importante, por la cámara de los mamporros. Fue a la hora de la liberación cuando la cosa se entenebreció para este amigo. El policía encargado escrutó, primero con sorpresa y luego con apreciable ira, su carnet de identidad en cuya casilla de profesión decía filósofo. En el semblante del poli se adivinaba que se estaba preguntando si el desgraciado que tenía enfrente quería hacer el payaso y se estaba burlando de él y del estado al que tan lealmente servía. No le faltaba razón al poli porque el amigo era tan filósofo como mecánico fresador o instructor de buceo. El lance terminó en paz. El policía dejó ir al payaso y este se apresuró a renovar el carné de identidad. Esta vez la profesión declarada fue la más plausible de administrativo.

El recuerdo ha venido a mientes cuando paseaba la mirada por las noticias de la crisis de Ucrania donde, una vez más, están frente a frente un policía y un payaso. Don Vladimir Putin procede de la muy respetable institución de la policía política rusa, una de las más antiguas del mundo y en términos domésticos puede decirse que la más eficiente.  Desde la Oprichnina de Iván el Terrible a la actual FSB, la institución ha cambiado muchas veces de nombre pero nunca de esencia: Ojrana con los zares, y sucesivamente Cheka, GPU, NKVD y KGB durante el mandato soviético. Es, acaso, el único instrumento de gobernanza posible en un país inabarcable e históricamente alérgico a lo que en esta parte del mundo llamamos democracia. Además es la factoría cultural que ha exportado el único personaje ruso reconocible del siglo XX: el espía asesino, que va por la vida con cejas muy pobladas y un frasquito de polonio radiactivo en el bolsillo sobaquero.

A don Putin se le enfrenta, casi en calidad de rehén, don Vladimir Zelenski, cómico profesional y presidente de Ucrania. Las llamadas democracias liberales deberían hacerse mirar la propensión a poner al frente de sus gobiernos a payasos, ya sean profesionales o aficionados. Desde que el francés Coluche aspiró a la presidencia de Francia en 1981 hasta que Beppe Grillo estuvo en el gobierno de Italia y Boris Johnson fue elegido primer ministro del Reino Unido en 2019, las altas magistraturas democráticas se han visto afectadas por un creciente oleaje histriónico, una peste populista que denota un desprecio inocultable por la política. El efecto es tan corrosivo que alcanza a los políticos presuntamente serios, a los que nadie toma en serio. Piénsese, sin ir más lejos, en el respeto que despiertan don Sánchez y don Casado, frente a la adhesión que moviliza doña Ayuso, la monologuista más acreditada de nuestro corral de comedias. De esta tóxica atmósfera paródica solo se libran los políticos de los que el buen pueblo cree que tienen la llave de la caja fuerte y a los que atribuye una probidad incondicional, como doña Angela Merkel o don Mario Draghi.

Hay que reconocer a los ucranianos la pachorra de elegir a un cómico como presidente de la frágil república ante la mirada asombrada de los tanquistas rusos, equiparable a la de aquel filósofo juvenil que hace medio siglo se paseaba tan pancho por las calles de la dictadura con un carné de identidad falseado. Pero, si aquel episodio terminó bien, ¿por qué desconfiar de que este termine del mismo modo? Eso sí, la dictadura no cayó porque hiciéramos el ganso.