En ocasiones de zozobra apelamos al consuelo de las palabras. Las más frecuentadas suelen ser plegarias al cielo pero, en la tradición laica, también se recurre a consignas y sentencias históricas, que son por naturaleza de significado circunstancial y provocan perplejidad fuera de su contexto. Rusia es culpable es una de las que viene a mientes estos días. La pronunció en 1941 don Ramón Serrano Suñer desde el balcón de la sede de la falange en la calle Alcalá de Madrid para armar la división azul con la que la dictadura de Franco sirvió a la causa nazi en la segunda guerra mundial, y el viejo que condena la invasión de Ucrania se pregunta: ¿estoy diciendo lo mismo que Serrano Suñer? En este laberinto lingüístico se ha metido izquierdaunida al convocar una manifestación con el lema no a la guerra y no a la otan. Y en el mismo orden semántico está don Vladimir Putin, quien afirma haber atacado Ucrania para liberar al país de un régimen nazi, que preside un judío, nieto de un coronel del ejército rojo.

Don Putin pertenece a la clase de jefe más peligrosa que pueda imaginarse: aquel que se cree llamado a dejar una huella histórica cuando la historia no es más que una procesión de ocurrencias  de significado mutante. Los viejos conocemos bien las veleidades del pasado. Los recuerdos que pululan por la cabeza se presentan con tonalidades distintas en cada momento y el mismo suceso puede recordarse como placentero o aflictivo, exultante o vergonzoso, según el estado de los nervios ese día. El mejor remedio a este baile de significados es la paranoia porque da sentido a todos ellos y los estructura en una gratificante espiral sin fin. Todo está conectado, dicen los paranoicos, y don Putin es un paranoico.

Mamá, estoy en la cima del mundo, podemos oírle decir a don Putin desde su poltrona. La exclamación es del gánster Cody Jarret (James Cagney en Al rojo vivo, de Raoul Walsh) envuelto en llamas en lo alto de una central eléctrica que arde a sus pies. En la peli, los buenos, y por supuesto también los espectadores, estamos fuera del alcance de las llamas pero no sabemos si se puede decir lo mismo en la guerra de Ucrania que empieza en una remota región llamada Donbass, de la que la mayor parte de la humanidad no ha oído hablar nunca, y, círculo a círculo, termina (por ahora) con amenazas a Finlandia y Suecia y turbias promesas de uso de la bomba atómica.

Lástima que nuestro paisano don Casado esté en horas bajas. Cuando era una estrella ascendente se presentó ante sus correligionarios de partido con la aguerrida seguridad de pertenecer a la generación que se plantó ante los tanques y los frenó en la plaza de Tiananmen. Don Casado es otro de los que estuvo en la cima del mundo antes de chamuscarse y si estuviera en mejor forma, ahora podría ir a Kiev para detener a los tanques rusos a pecho de descubierto.

Y en esas estamos en occidente. Buscando las palabras para entender lo que ocurre, condenando a los malos, evocando películas, recreando tonterías, calculando la prima de riesgo, haciendo cuentas sobre el recibo de la luz y deseando que los refugiados que vengan a la puerta de casa no sean muchos porque no nos gustan los inmigrantes. Un paranoico que nos observe desde el visor de un tanque debe pensar que somos pan comido.