No hay piedrecita en el camino que no haga tambalear el delicado equilibrio de nuestro gobierno socialcomunista y desde luego la guerra de Ucrania es un buen pedrusco. Don Sánchez bracea en esta situación con el confesado propósito de sacar a España de la irrelevancia internacional de país aliado y pasivo a la vez, después de que la evacuación de Afganistán le ameritase para una mención en el orden del día de Washington. Las razones de fondo del gobierno español también son diáfanas: esperan que la otan tenga en cuenta su flanco sur en el que España está en primera línea del frente y que, si volviera a ocurrir una perejilada como la de 2002 o algo peor, en Washington tengan claro quién es amigo y quién no. Es un juego de alto riesgo porque una provincia del imperio, como es España, rara vez puede condicionar los designios de la metrópoli, pero por intentarlo que no quede.
Así que, en estas coordenadas y con un ojo puesto en el arraigado pacifismo de sus bases y el otro dirigido a las nuevas exigencias del tablero internacional, don Sánchez ha titubeado veinticuatro horas antes de decidir el envío de armamento a Ucrania. Tampoco es tan grave, habida cuenta que nuestra industria armamentística provee de armas a dictaduras que ni siquiera se molestan en no parecerlo. As usual, el presidente ha tomado la decisión sin consultar a sus socios de gobierno, que previsiblemente se iban a oponer y que además carecen de razones sólidas para hacerlo. La idea de que un modesto envío adicional de armas a la agredida Ucrania vaya a significar una escalada del conflicto, como afirma doña Belarra, es muy discutible porque, ahora mismo, el único contendiente que está en condiciones de graduar la intensidad de la guerra es don Putin, y no ha dado muestras de que quiera levantar el pie del acelerador.
Por la parte que nos toca, el destino planetario de Rusia es ser una bicoca para los argumentos de la derecha y un insoluble quebradero de cabeza para la izquierda. La inabarcable dimensión de su espacio nacional y el arcano de sus élites la convierten en un equívoco permanente. No sabemos lo que pasa en la cabeza de Putin, confesaba hoy mismo Nina L. Khrushseva. Y si la biznieta de Nikita Kruschev no lo sabe, imagínese qué sabrán Sánchez, Belarra, Abascal y el que sea que mande ahora mismo en el pepé (que de momento ya ha pedido que se abra el grifo de la pasta para la industria armamentística). Como muestra de por dónde van los meandros del alma rusa, doña Khrushcheva empalma la actitud de Putin con las ensoñaciones panrusas de Alexander Solzhenitsin. ¿Alguien en nuestro congreso de los diputados sabe quién fue ese señor, recibido a escobazos por la izquierda durante su visita a España en los albores de la transición?
Un riesgo y una oportunidad, como enseñan en las escuelas de negocios. La abrupta guerra de Ucrania no solo ha significado el renacimiento de la otan sino que ha despertado el viejo sueño europeo de una defensa común. Ya veremos en qué termina pero entretanto hagamos memoria. El pacifismo europeo fue, sucesivamente, una imposición militar de los vencedores de la guerra mundial, a la sombra de la destrucción mutua asegurada, y después fue una actitud moral que derivó en una acomodaticia posición política. La guerra estaba lejos de casa y de los conflictos periféricos se ocupaban otros. Alemania representa mejor que ningún otro país esta ventajosa posición que se ha visto sacudida por el aldabonazo de Ucrania, y ha sido un gobierno de coalición de centroizquierda el que ha roto una tradición de setenta años de escrupulosa neutralidad y antimilitarismo. En 1914, la entonces poderosa socialdemocracia europea -alemana y francesa- quiso detener la guerra que se avecinaba, no pudo y se sumó a ella proporcionando toda la carne de cañón que los estados mayores imperiales necesitaban en el picadero de las trincheras. Esta mañana he pensado en Rosa Luxemburgo al leer las declaraciones de doña Ione Belarra.