La guardia de respeto del Kremlin exhibe un ritual intrigante. Están en su puesto –en pasillos y puertas- en posición de firmes, como se espera de una guardia militar, con la barbilla exageradamente levantada, y cuando pasa ante ellos el autócrata giran la cabeza siguiéndole con la mirada, como si permanecieran atentos a cualquier orden o deseo repentino que les obligara a obedecer. La rigidez de los cuerpos parece representar la solidez de la institución que custodian mientras que el giro de la cabeza indica la sumisión a la voluntad del zar. En los desfiles de Moscú, de los que hay decenas de vídeos en la red, se advierte otra señal curiosa: la tropa vuelve la cabeza al paso ante la tribuna presidencial, una señal de respeto que también adoptan otros ejércitos del mundo, pero que aquí está acompañada de una sonrisa unánime de la soldadesca en formación cerrada, que en esas condiciones es lógicamente una mueca, como si no solo debieran mostrar lealtad al jefe sino también quererlo como a un padre. Esta liturgia es tanto más grotesca porque pone en escena un atrezo majestuoso presidido por un personaje de apariencia desesperadamente vulgar, cabeza abotargada (los berlineses creen que tiene un tumor cerebral y está bajo los efectos de la cortisona, según me ha contado una amiga), ojillos astutos, traje de ejecutivo bancario y maneras de funcionario con ínfulas, que debe sentirse como un niño jugando a la guerra con soldaditos de plomo. Ríanse todo lo que quieran de estas observaciones, pero solo Rusia, y también China y Corea del Norte, pueden mostrar un ejército deslumbrante al servicio personal del líder de turno. Eso impresiona bastante.
Viene a cuento este preámbulo porque los componentes básicos de la opinión occidental ante la guerra de Ucrania –desconcierto, impotencia, miedo- van subiendo cada día de grado. Mientras nos preguntamos qué piensa Putin o decimos, Putin está loco, y los más optimistas, porque hay de todo, Putin está acabado, el aludido sube la apuesta a cada iniciativa occidental. En este momento, los polos de la imaginación occidental respecto a Ucrania están entre el pesimismo de que Rusia pueda utilizar bombas atómicas tácticas y el optimismo de que Putin sea víctima de un golpe de estado urdido en su entorno. Optimismo y pesimismo son aquí categorías volátiles porque no hay pruebas de ninguna de las dos hipótesis, y lo que cuenta es la probabilidad de que ocurra una u otra. Y occidente no está en condiciones de evitar la primera ni de propiciar la segunda.
Todas estas elucubraciones se hacen en occidente para disipar la evidencia de que Putin va a salirse con la suya, que es convertir Ucrania en una república satélite bajo la férula de Moscú y borrar de su suelo cualquier vestigio de influencia occidental, que no pase por pagar peaje a él mismo o alguno de sus oligarcas amigos. Las consecuencias de este resultado son, la recreación del frente de la guerra fría en la frontera oriental de Polonia, Rumanía y Países Bálticos, y el acogimiento en Europa occidental de los cientos de miles de refugiados ucranianos expulsados por el conflicto, y ya veremos si Rusia y occidente no juegan con ellos en cuanto se disipe el humo de las bombas; la primera dificultando la emigración de los que se han quedado en Ucrania y occidente dificultando su estancia entre nosotros a los que ya han emigrado.
Los occidentales estamos buscando en el desván los documentos de la cultura política que nos constituyó durante el siglo XX entre los que se encuentra la noción de despotismo oriental, formulada por Karl Marx en 1853 y que se remonta a los imperios neolíticos. ¡Como para torcerle el brazo a Putin en quince días!