El patriarca de la iglesia rusa, Kiril I, parece directamente sacado de la versión remasterizada y coloreada de Ivan el Terrible, la peli que Sergei Eisenstein filmó a mayor gloria de Stalin y de la sangrienta eliminación de sus adversarios políticos. El escenario es una liturgia en la catedral de Cristo Salvador y la prédica suena como un fragmento de aquella intimidatoria banda sonora de la película. El clérigo implora a dios para que no permita que en la fraternal Ucrania prevalezcan los enemigos de la unidad de Rusia y de su iglesia. Las imágenes muestran a don Putin en un lateral del templo, con una vela pascual encendida en la mano y el rostro, de natural adusto, iluminado por la íntima satisfacción de quien descubre que dios y él están de acuerdo en lo que a Ucrania se refiere.

Luego, conmocionado por la revelación de las divinas palabras y ebrio por el envolvente aroma del incienso y los destellos de los cirios en las manos del buen pueblo que llenaba el templo, enardecido y arrobado, don Putin ha lanzado un discurso a la nación en la que la guerra se ha convertido en un trance de depuración de Rusia y los rusos que se oponen a ella son quintacolumnistas que quieren vender a su madre. Al carajo, pues, con los argumentos de seguridad, que han esgrimido durante semanas los analistas que intentaban entender en occidente la acción del Kremlin. Estamos en una cruzada, como se advertía hace un mes en esta bitácora,  y cuando la mística entra en la ecuación, esta se vuelve irresoluble.

En la trinchera de enfrente está el general Della Rovere, ya saben, aquel pillo que se invistió de jefe de la resistencia contra los nazis para salvar la vida y terminó encarnando el heroísmo de su personaje hasta su aciago destino final. Hoy, en Ucrania, ese tránsito entre la comedieta paródica y la epopeya trágica lo encarna el presidente don Volodomir Zelenski. Empezó su carrera de actor interpretando en una serie de televisión a un presidente ucraniano, arribista y bienhumorado, que persigue la independencia de su país y ha terminado encarnando el papel con denodado valor bajo las bombas rusas. Una serie de televisión es una enmienda a la totalidad de una misa en la catedral, aunque sea televisada. Al contrario que su adversario ruso, que vive en un escenario analógico, don Zelenski ha entendido y utiliza las potencialidades de las redes digitales y no solo emite continuos mensajes de resistencia y empatía hacia su gente, sosteniendo su moral, sino que se dirige a los parlamentos occidentales para estimularles a la guerra y reprocharles la inacción.

La imagen del presidente ucraniano en pantalla de plasma dirigiéndose a las cámaras donde se aposenta la clase política más satisfecha y amedrentada del mundo recuerda la platea del Teatro del Arte de Moscú donde un siglo atrás se sentaba la burguesía para aplaudir una desgarrada obra de Maxim Gorki mientras el orden político y social que hacía posible esta representación temblaba al borde del colapso. Cuando los parlamentarios ingleses, alemanes y norteamericanos aplauden al actor/presidente Zelenski se puede advertir la extraña mezcla de estupor, admiración, miedo e hipocresía que activa las palmas batientes, mientras esperan con un nudo en la garganta que termine la representación para dedicarse a sus intereses.