Poder blando es que un cómico le atice una bofetada a otro cómico en escena porque este ha hecho un chiste malo sobre la esposa del ofendido y todo el planeta olvide durante unas horas la invasión de Ucrania y el precio de los carburantes. A estas horas, sabemos más sobre la alopecia de la señora Smith y el carácter bronco del señor Smith que sobre el contenido de las negociaciones que, al parecer, se llevan a cabo en Turquía para poner fin a la pesadilla en que nos ha metido don Vladimir Putin. La bofetada del señor Smith y la agresión del señor Putin son de la misma naturaleza, a pesar de la diferencia de escala, y brotan del mismo orgullo herido, pero el golpe del primero parece formar parte de una comedia y el del segundo es una tragedia sin paliativos.
Rusia no tiene poder blando. En algún momento de su historia, sus elites dirigentes decidieron que el gigantesco patrimonio literario, musical y pictórico del país era prescindible como cohesivo de la sociedad y cartel de presentación fuera de sus fronteras, donde los más afectos se emocionaban con los coros del ejército rojo o las piruetas acuáticas del ballet del Bolshoi. Pero no había más; era una dieta de plato único, reseca y tediosa a fuer de repetida, que se parecía a una cultura viva lo que una exhibición de los globetrotters a un partido de la enebea.
Es incalculable lo que el teatro, el cine y la música occidentales, por hablar solo de manifestaciones artísticas que se disfrutan en grandes auditorios y concitan un sentimiento de exultación compartida, deben a gente como Eisenstein, Meyerhold, Stanislavski o Shostakovich. O, en el placer recoleto de la lectura, lo que debemos a escritores como Babel, Platonov o Bulgakov y, sin embargo, su proyección histórica se reduce a que fueron víctimas del estado en algún momento de su vida. También en occidente hubo represaliados políticos, como Dalton Trumbo, al que sin embargo debemos la imperecedera magia de Audrey Hepburn en Vacaciones en Roma. En Rusia tiene que haber muchos Trumbos, ¿por qué no hay una Audrey Hepburn? No será por falta de aspirantes.
El poder blando es una insustituible herramienta del imperio y la gala de los óscars es la fiesta de la cosecha. La evolución histórica de este acontecimiento nos enseña cómo ha pasado de ser un emisor unilateral la cultura blanca, anglosajona y protestante a una ensaladera capaz de integrar países y discursos muy variados pero unidos en un negocio común. Mexicanos, coreanos, españoles o búlgaros quieren oír su nombre en la noche de las estatuillas. Bajo el oropel de la ceremonia discurre también la evolución de la industria, desde las rudimentarias compañías fundadas por ¡judíos rusos! emigrados a principios del siglo pasado a California porque hacía sol y ahorraban en la factura de la luz hasta las actuales proveedoras globales de servicios y contenidos multimedia de la era digital, siempre con el mismo objetivo, además de ganar dinero: crear, dirigir y mantener un consenso cultural hegemónico de ámbito planetario.
Don Putin será un paria hasta el día que le dediquen una ovación en la gala de los óscars, lo cual, vistos los acontecimientos, es más improbable a cada hora que pasa. Algún asesor en relaciones públicas debería haberle aclarado que, si quiere hacer amigos en el vecindario, tendría que haberlo intentado compartiendo una peli y una bolsa de palomitas, no enviando un tanque de cuarenta y seis toneladas armado con un cañón de ciento veinticinco milímetros como tarjeta de presentación.