Érase una vez que el dalai lama, el auténtico, la genuina reencarnación del buda, visitó la remota provincia subpirenaica. Este encuentro fue posible por la intermediación de un vecino, converso al budismo, que ofreció la presencia del líder espiritual al jefe del gobierno regional, al cual le pareció una ocasión de perlas para darse lustre. Por entonces, principios de los noventa, nos estrenábamos en lo del cosmopolitismo. El visitante, Tenzin Gyatso, sumaba a su condición de gurú de la paz el cargo de jefe del estado de Tibet, ocupado a sangre y fuego por China desde los años cincuenta (como ahora pretende Rusia con Ucrania), lo que hacía que sus angélicos viajes por el mundo estuvieran cerradamente monitorizados por los servicios de inteligencia y diplomáticos de Beijing. El buen monje no ocultaba su anhelo: alcanzaré el nirvana cuando Tibet sea independiente.

Fue una visita indeseada. Un pacifista sonriente y envuelto en un manteo de color azafrán, convertido en un peligro para la paz mundial. El gobierno español de Felipe González forzó al gobierno regional para que el dalai lama no tuviera una recepción oficial. Nada de fotos ni discursitos. Los prebostes de la remota provincia tuvieron su momento de consternación: querían tocar la túnica del santo pero no al precio de una guerra con China. Al fin, dieron con la solución: se le recibiría en la sede del parlamento, pero como a un particular, en una sala dedicada a los trabajos de las comisiones, con el pretexto de que aquí también estábamos por la paz y contra el terrorismo de eta. Llegó el día, la sala parecía el camarote de los Hermanos Marx: políticos, simpatizantes, adheridos,  curiosos, y entre las cabezas se distinguía la del gurú porque estaba afeitada. Todos, perplejos. Se impusieron khatas, la tradicional bufanda tibetana de seda blanca que simboliza la pureza y la compasión, se intercambiaron palabras de buena voluntad y eso fue todo. A día de hoy, el dalai lama aún no ha alcanzado el nirvana y nadie se acuerda de que el reino del Tibet fue un estado independiente como lo es Ucrania ahora.

La aparición virtual de Zelenski esta tarde en la sede el parlamento español también ha tenido esa aura que nos hace más importantes de lo que somos. El gobierno ha recibido al visitante con la cortesía de expulsar a una tropilla de diplomáticos rusos, para que el invitado vea que tenemos coraje y estamos a lo que hay que estar. Diríase que no eres nadie en Europa y en occidente si el presidente ucraniano no te dedica un discurso para censurar tu molicie y enardecer tu ánimo. El hemiciclo también estaba de bote en bote y el visitante tenía la afición a favor: nadie quería parecer tibio ni renuente ante el padecimiento de Ucrania, avivado por las atroces imágenes de Bucha. En el sangriento partido que se juega en Ucrania, nosotros aplaudimos al Alcoyano.

Zelenski es un maestro de la comunicación política y marca sus discursos con un referente que debe mover a la emoción de la audiencia. Aquí ha utilizado el bombardeo de Gernika sobre cuya pertinencia bélica y efectos históricos seguramente nuestros diputados y senadores están divididos por mitad. De hecho, Sánchez ha tenido la precaución de no recoger la alusión en su discurso de respuesta. Todos tenemos un monstruo en el sótano de nuestro pasado. No, hoy no se trataba de hacer historia sino de jalearla: emociones compartidas, aplausos a cascoporro, mucha pompa y muy buenas intenciones. Euforia gratis. Al verlos aplaudir desde el burladero del escaño, vale preguntarse si diputados y senadores tienen una idea clara de lo que se está tratando.

P.S. Me pregunto si algún día el parlamento español acogerá en la tribuna o en pantalla de plasma el testimonio del jefe del Frente Polisario. Basta ya. Punto. Esta bitácora estará unos días cerrada por vacaciones. Quién sabe si no serán las últimas antes del Armagedón. Gracias, amigos y amigas, por vuestra paciencia.