El gran Shostakóvich pasó durante una temporada las noches en blanco, sentado en el descansillo junto a la puerta de su apartamento, impecablemente trajeado y acompañado de un pequeño maletín con lo más básico –una muda de repuesto, una camisa planchada, aditamentos de aseo e higiene personal- para un viaje quizá sin retorno. El compositor no quería que la policía de Stalin alarmara a la familia y al resto del vecindario aporreando la puerta y dando gritos cuando viniera a detenerle, como temía que ocurriría ante la evidencia de la brutal campaña de descrédito a que estaba sometido en la prensa del régimen. El mismo Shostakovich fue víctima de un miserable acoso a cargo de Nicolás Nabokov, primo del autor de Lolita y conspicuo cold warrior, que acusó al compositor de ser cómplice de Stalin con ocasión de un congreso por la paz celebrado en Washington y al que el compositor fue llevado, bien escoltado por esbirros de la antigua corporación de Putin, como miembro de la delegación soviética.

La imagen de Shostakovich, víctima real y cómplice presunto, ha venido a mientes al saberse que también el presidente del gobierno y la ministra de defensa habían sido espiados por Pegasus y que su defensa del espionaje en el parlamento, más templada en el presidente, tajante y agresiva en la ministra, era parte del mismo desairado papel que obligó al compositor ruso  a comparecer como cómplice de un régimen del que en realidad era víctima. La gorgona doña Olona diría: espían a un gobierno social-comunista ¿dónde está el problema?

El contexto en que estos acontecimientos tienen lugar es fácil de explicar. Simplemente, el estado está a la defensiva, por decir lo menos, ante la pinza de la globalización neoliberal y su herramienta más significativa, la revolución tecnológica. Jugar con los artilugios cibernéticos disponibles en el mercado es adoptar la actitud paciente de Shostakovich ante un régimen totalitario: durante el día, un leal colaborador; por la noche, una temblorosa víctima. Al parecer, Pegasus ha espiado a más de cincuenta mil personas en una veintena de países, incluidos catorce jefes de estado y de gobierno, que quizá se espiaron entre sí sin saberlo. En este escenario, ¿qué alcance tiene que el jefe del gobierno de un modesto país endeudado duerma con un espía bajo su almohada?

La mercadotecnia provee a las tecnológicas de argumentos muy sutiles y eficientes para que el usuario se descargue una apepé en su dispositivo móvil, pero el argumento supremo es que la oferta te sitúa entre los ganadores. En el caso de Pegasus, los argumentos eran irrefutables: la empresa fabricante es israelí, un país amigo, ya te digo, que está bajo control de su gobierno y no vende su artefacto más que a gobiernos amigos y agencias oficiales de inteligencia, ¿qué puede salir mal? Y un jamón. No hay empresa cibernética que se someta a priori al control de un gobierno y no hay empresa en general, y menos las fabricantes de material bélico, que se arriesguen a perder una venta porque el cliente carece de pedigrí democrático. Eso, sin contar con la facilidad de replicación que tiene el software en manos de uno de esos jóvenes capaces de dejar sin luz a Sidney desde un garaje en Majadahonda. Y sin contar tampoco con el aburrimiento de un poli o de un militar que, harto de catalanes, decide echar un vistazo a la intimidad de su jefa.

Además, siempre se puede sospechar que don Sánchez y doña Robles se han inventado la milonga de que han sido espiados para sacudirse la responsabilidad de encima (versión indepe) o para empatizar con los indepes (versión voxiana y pepera) y ambas contarán con público suficiente para creerlo. Según la wiki, aún no está claro si Shostakovich fue colaborador o disidente de Stalin. ¿Dónde está el problema?, como diría la otra.