La guerra de Ucrania solo puede terminar de una manera: mediante una reedición de la guerra fría, que fue el escenario europeo durante la segunda mitad del siglo pasado y promete serlo también durante al menos la primera mitad de este. Si todo sale como se espera, la línea del frente frío se desplazará del Elba al Dniéper. Los ucranianos ya pueden prepararse para vivir separados, muro por medio, durante unas cuantas décadas. La incógnita en este momento reside en si para llegar a este final será necesario el recurso a bombas atómicas tácticas, es decir, pequeñitas, como las que arrasaron Hiroshima y Nagasaki. Un preboste ruso ha predicho una catástrofe global, término difícil de llevar a imágenes excepto si recurrimos a la profecía de Dalí que veía el fin del mundo como un castillo de fuegos artificiales sobre los acantilados de la Costa Brava, que terminaban con una consigna centelleante en el cielo: Viva Figueres. Cualquier hipótesis que se formule sobre esta guerra nos resulta consabida. Esa sensación de déjà vu es un estímulo bélico. Las guerras son experiencias generacionales y quienes las promueven no conocieron la anterior y eso les lleva a la próxima en la confianza de que también la sobrevivirán. Esta suerte de inocencia homicida ha acuñado el término sonámbulos para definir la actitud de quienes promueven los conflictos bélicos. Y así llegamos a la jaula de los leopardos.
Al parecer, los tanques de guerra más compactos y mortíferos del mercado se fabrican en un país al que la Historia ha llevado a ser pacifista. Tecnología alemana. Los carros de combate Leopard 2, que así se llaman estos artilugios situados en la cadena evolutiva entre un lamborghini y una trituradora, están estos días en hablillas porque, al decir de los expertos que nos adoctrinan, serían el bálsamo de Fierabrás para ganar la guerra de Ucrania. Una guerra que viene de un pasado irredento y que parece una proyección de la guerra anterior, de cuando antes de internet, movilizaciones masivas, trincheras en el barro, batallas de infantería calle a calle, ciudades destruidas desde el cielo, caravanas de civiles desesperados por los caminos y mucha chatarra militar en las cunetas. En este escenario Kursk 2.0. los leopardos estarían en su salsa.
Los leopardos se han convertido en un mapa predictivo del impacto de la guerra de Ucrania en nuestra titubeante Europa. Podemos seguir las huellas de los leopardos y dibujar la línea de fractura política de la unióneuropea, que quién sabe si no será definitiva por último. Alemania, el país que los fabrica y es titular de los derechos de exportación a terceros países, se muestra renuente a su uso en el escenario ucraniano y razones no les faltan. La iniciativa bélica de Putin ha dado al traste con la Ostpolitik alemana, que le permitía mantener una relación reparadora con Rusia y aprovisionarse de gas a buen precio en la misma tacada. No suele ser fácil que coincida una reparación moral con una provechosa relación comercial pero así era en este caso y Berlín, que espera que vuelvan los buenos tiempos, no quiere hacer nada que encone aún más la ruptura. Polonia, que tiene leopardos pero por contrato no puede cederlos a Ucrania, está en una posición urgente y beligerante respecto a Rusia, con la que tiene pendiente una cuenta histórica y a la que teme como principal enemigo de su ser nacional; los polacos, al contrario que los alemanes, tienen prisa por detener a Putin y, si fuera posible, derrotarlo. Los leopardos polacos rugen. Y en el extremo occidental del rabito eurasiático estamos nosotros, dispuestos a participar en la guerra mientras el teatro de operaciones esté, como ahora, a tres mil setecientos kilómetros de distancia. España tiene muchos leopardos, casi tantos como Alemania y estaríamos encantados de darles uso por una causa justa pero, ay, como ocurre en los zoológicos cortitos de presupuesto, nuestros leopardos están almacenados bajo una lona, cubiertos de polvo y faltos de mantenimiento y engrase para ponerlos a rodar en Ucrania o en los Monegros. Pregunta para la ministra doña Robles: ¿para qué queríamos tantos leopardos?, ¿por si estallaba una guerra en la otra punta del mundo?