Hay muchos juegos de guerra. Don Sánchez se ha educado en el del baloncesto: un juego rápido que no termina hasta que se cumple el tiempo del partido (para lo que él tiene el silbato y el cronómetro) y en el que se puede ganar con un lanzamiento certero desde media cancha. El tiro requiere un conocimiento instantáneo de las posiciones del adversario y del propio equipo en ese momento decisivo. Un adversario confundido por la euforia de su ventajoso tanteo en el marcador y los nuestros, perplejos y desorganizados, manifiestamente necesitados de reagrupamiento contra un objetivo común. ¿Quieren derogar el sanchismo? El verbo es ambicioso pero inexacto. El sanchismo es don Sánchez y al adversario no se le deroga, se le vence. Todavía hay partido, como se dice ahora.
El adelanto de las elecciones generales es una genialidad táctica. Quizá calificar de estratega a don Sánchez sea demasiado pero sobre sus cualidades tácticas no hay discusión posible. El resultado de las elecciones regionales y municipales es una invitación necesaria para cambiar de juego: nuevos jugadores, nuevos planteamientos, nuevo discurso. El pesoe ha perdido las elecciones por varios motivos, además de la ofensiva inmisericorde de la derecha, que, no obstante, tiene al menos dos puntos débiles: centrar el objetivo en don Sánchez como encarnación del mal y necesitar a los squadristi voxianos para redondear el éxito. A su turno, en el bando perdedor la derrota sin paliativos tiene causas endógenas: la desafección de su confundido electorado, la tabarra disolvente de los socios de investidura, la errancia de los barones regionales, y, en resumen, la falta de una causa común, clara y compartida.
Don Sánchez creyó que su acción de gobierno, exitosa under pressure en condiciones excepcionalmente adversas tendría traducción en las urnas. La pandemia, la crisis energética, la guerra de Ucrania, el alza desbocada de precios y de alquileres, no han impedido que los presupuestos se aprobaran en tiempo y forma, la economía crezca y se hayan sustanciado una reforma laboral favorable a los trabajadores y medidas de protección social sin precedentes en los últimos quince o veinte años. Pero esta panoplia normativa no ha conseguido disolver un malestar difuso que se ha apoderado de la sociedad y que ha tenido como consecuencia una desafección de las clases más desamparadas y la apuesta de los más acomodados por la vieja y enraizada fórmula de corrupción y autoritarismo, que tan bien representa la derecha española, más ahora que se ha convertido al trumpismo.
Don Sánchez ha debido calcular que el adelanto de las elecciones priva a la derecha de cualquier posibilidad de alardear de su victoria territorial. La campaña, que ya ha empezado, irrumpe en las siempre fastidiosas negociaciones para formar gobiernos regionales y consistorios municipales y deja solo frente al peligro al inane don Feijóo, que ayer cabalgó el éxito de los suyos en el que probablemente no tuvo más participación que sus reiterados lapsus linguae.
Claro que don Sánchez tiene sus propios demonios interiores y, como saben bien los lectores de tebeos, los superhéroes tienen un lado oscuro y la kriptonita está agazapada en las circunstancias más inesperadas. Primero, pues, el candidato don Sánchez tendrá que superar la falta de empatía –diríase que macroniana– que transmite. En un tiempo de zozobra y cambio, al buen pueblo le cuesta menos odiar a los que tienen éxito, y los feos, que somos los más, no votan a los guapos.
La segunda dificultad del presidente candidato radica en que habrá de presentar un programa coherente, realista e inteligible, en el que la esperanza no sea sinónimo de ensoñación, sitúe a cada parte de la sociedad frente a sus responsabilidades y descarte la ocurrencia típicamente populista de querer ganarse al electorado a base de bonos para ir al cine y otras chucherías. Y si quiere conquistar, porque lo necesita, a la parte del electorado que se sitúa a la izquierda de su partido, deberá dejarse de subrogar la tarea en formaciones externas (sumar, por ejemplo) y defender por sí mismo las medidas en materia de transición ecológica, inmigración y derechos de la minorías, que han ocupado gran parte del debate público de la pasada legislatura sin efecto en las urnas. Dejar estas medidas en manos de fuerzas minoritarias, aunque estén en el gobierno, termina en desengaño porque carecen de fuerza y oportunidad para llevarlas a cabo, cuando no las convierten en un bumerán contra el mismo gobierno como ocurrió con la ley del solo el sí es sí.
Por último, el candidato deberá rodearse de un equipo compacto y unánime en la necesaria diversidad. Hasta ahora, ha dado la impresión de que don Sánchez construía el partido y el gobierno sobre la marcha, al albur de las circunstancias, y los efectos se han visto: el partido no ha servido contra la ola reaccionaria y el gobierno está carbonizado, y no solo por los socios de unidaspodemos, que han sido enviados al círculo del infierno donde purgan upeydé y ciudadanos, sino en los propios ministros socialistas o independientes adscritos, manifiestamente mejorables algunos de ellos.
La buena noticia de este lío es que si los incendios estivales calcinan el país nadie será responsable.
Como decían los romanos: Post nubila, Phoebus (tras las nubes, sale el Sol). No es que el Sol que se ha sacado de la manga Pedro Sánchez sea un astro muy brillante, pero en la desolación de la victoria del PP (y Vox), trae un pequeño rayo de expectativa, si no de esperanza. La política ha adquirido una velocidad vertiginosa con el anuncio inesperado del okupa ilegítimo de la Moncloa de adelantar las elecciones generales. Una decisión, sin duda, más audaz que temeraria, al estilo de las recomendaciones de Maquiavelo a su Príncipe. De momento parece haber tenido la virtud de dejar desconcertada a la derecha, cuyo triunfo en las locales no será ya la noticia principal y casi única que iba a celebrar el PP días y días hasta abrumarnos. Además, libra al PSOE del calvario agónico de una campaña de destrucción que podría durar meses (y a nosotros, votantes, de una insufrible tabarra). Al fin y al cabo, si la cosa iba a acabar en crucifixión, ¿para qué prolongar el Viacrucis? Por otra parte, sitúa a esa misma derecha ante la ahora ya ineludible tarea de definirse respecto a sus únicos socios posibles de gobierno: los voxianos. Y a la pequeña izquierda, ante la obligación vital de no dividirse más y llegar a una unidad electoral que le permita no dispersar votos y mejorar sus pésimos resultados. Una jugada ingeniosa. Está por ver si dará buen resultado, pero la valentía de Pedro Sánchez al adoptarla se lo merece. Por seguir con el latín: Audaces fortuna iuvat.