Cabellos rubios, piel blanca, ojos azules, talla alta, son los rasgos antropomórficos impuestos por occidente para ilustrar su supremacía en el mundo. Una pretensión llevada hasta el delirio hollywoodense cuando el impecable sueco Max von Sydow interpretó al palestino Jesucristo en La historia más grande jamás contada. Y tanto. Esta iconografía que otorga a los rubios un plus de credibilidad y oportunidades en la esfera del espectáculo y por en ende en la esfera pública se ha intentado contrarrestar por iniciativas de piel oscura, desde el black is beautiful en los mítines de los panteras negras hasta Naomi Campbell en las pasarelas de la alta costura, sin demasiado éxito por ahora. Los asiáticos han optado por asentarse en su mundo de cabezas ordenadas, espíritus disciplinados y manos diestras y desde esa fortaleza miran a occidente con paciencia milenaria y un secreto sentimiento de superioridad. Es en este frente donde al parecer se va a jugar el futuro. Entretando, occidente ha dejado de ser el amo militar y económico del mundo e Indiana Jones es un anacrónico fetiche de consumo doméstico cuyas aventuras representan la pugna entre la libre empresa y regímenes totalitarios que ya no existen porque todo es mercado. Los rubios, en resumen, se han replegado en sus lares y, como todos los individuos que han perdido capacidad de seducción, se miran al espejo enfatizando los rasgos que creen que les identifican y les dan fuerza. Cuando se acaba la historia, la parodia ocupa su lugar y cuando se pierde vitalidad, llegan los implantes y la viagra.
Míster Trump y míster Boris Johnson, que se han asociado para reventar la sociedad construida después de la segunda guerra mundial, son dos rubios de cabellera hiperbólica, de un amarillo incendiario, como tiranosaurios emplumados que solo asustan a los habitantes de su propio corral. La apariencia de ambos es entre risible y siniestra, como la del Joker que reina en las sombras de Gotham. ¿Sabemos por qué predomina Batman sobre Superman en la producción de entretenimiento? Este último es un héroe diurno, un deportista de la época del optimismo histórico y la claridad moral, cuando la libertad y la tiranía eran discernibles y del espacio exterior solo esperábamos dones que hoy llamaríamos servicios sociales. El murciélago es, a contrario, un ser nocturno, moralmente ambiguo, de efectos quizá benéficos y apariencia repulsiva, cuyos enemigos son entes proteicos, mutantes, que habitan en las cloacas de la ciudad. Occidente vive de nuevo una transición entre el gótico y el renacimiento. Añoramos la claridad del renacimiento pero nos gusta enfangarnos en las sombras del gótico.
Trump y Johnson emergen en la historia como fruto de un movimiento reactivo contra la inmigración que llega del sur, donde el sol es más generoso y la realidad más clara. Ambos tienen la misma querencia por la niebla y el conflicto y ofrecen sus cabezas de panocha ardiente como la antorcha que habrá de guiarnos por las lóbregas galerías del castillo. Creer que esa pareja habrá de traer otra cosa que no sea caos y calamidad es creer en hadas y brujas. Los movimientos reactivos están de moda. Nuestros voxianos quieren volver al franquismo pero con un poco de imaginación y esfuerzo se puede ir más atrás, hasta la era de los dinosaurios.