Estío. El calor viene este año envuelto en una amenaza conceptual: el cambio climático. En la charca, las ranas croan. Un docena, como los apóstoles, de intelectuales firman un manifiesto, otro. La noticia emerge en la siesta insomne y desaparece de la memoria al instante. El tedio, la materia oscura de la existencia, es más denso en verano y los abajofirmantes han hecho lo que suelen para sobrellevarlo; otros juegan al dominó o a la play. Los intelectuales declaman desde la izquierda, la posición tradicional donde se firman los manifiestos.  La intelectualidad es una coreografía, ahora se diría un postureo, que busca el lugar que parece más idóneo en el escenario para impostar el mensaje.

Por lo demás, el mensaje, la petición, el reclamo es el de siempre: que los partidos mayoritarios hagan una piña de gobierno en defensa del constitucionalismo, una noción gaseosa que deja fuera la voluntad explícita del cuarenta por ciento del censo, reducido a la villana condición de populistas, independentistas y demás ralea. La constitución como fortaleza asediada, he aquí el epítome del pensamiento conservador, aunque se formule desde la izquierda. La lógica constitucionalista de los abajofirmantes llevaría a una democracia censitaria, en la que el derecho al voto quedara restringido a una parte de la población con intereses compartidos, digamos, propietarios con cierto nivel de renta, funcionarios públicos de rango medio y alto, catedráticos como los abajofirmantes y héroes nacionales como los jugadores de fútbol de la primera división.

Claro está que nadie hace caso a los savateres de verano, y menos que nadie los partidos a los que estos apelan y de los que son estrellas invitadas en los mítines electorales. Eso debe doler; los políticos les hacen creer que sus lecciones son inspiradoras hasta que llegados a la cuestión medular de la política, que es el poder, dejan de ponerse al teléfono, como le ha ocurrido al venerable don Francesc de Carreras con su pupilo don Rivera, al que apadrinó, aupó, aconsejó y defendió hasta convertirlo en el adolescente caprichoso que conocemos todos. Ningún abuelo se merece el trato que este desagradecido pupilo da a su mentor. Hemos visto al catedrático aplaudir y llorar de júbilo ante la versión del himno nacional canturreado por Marta Sánchez, como si a su vejez asistiera a una nueva y venturosa aurora y tú, Albert, ¿se lo agradeces dejando España en manos de populistas e independentistas? También es verdad que esta historia hubiera podido tener otro final menos melodramático si el maestro hubiera completado sus lecturas con las cuitas de Platón y el tirano de Siracusa o con la réplica de Enrique IV a Falstaff en ocasión simétrica. No te conozco, anciano. Ve a tus oraciones, le espetó el encumbrado rey a su hasta entonces delirante inductor de correrías. Donde Shakespeare escribió oraciones escríbase manifiestos savaterianos.