La guerra civil dividió a los escritores de la llamada generación del 98 en héroes y villanos, al gusto. Todos habían sido republicanos y radicales, autores de textos subversivos y demoledores, pero cuando Franco y los suyos dieron el golpe de estado y estalló el conflicto militar subsiguiente, los del 98 estaban en el ocaso de sus biografías públicas, el país había evolucionado vertiginosamente y ya no eran la referencia cultural del momento sino más bien reliquias más o menos sagradas del pasado. Una nueva generación ocupaba la tribuna literaria y de la opinión. La violencia desatada por la guerra los tuvo perplejos y aterrorizados. Excepto Valle-Inclán, que murió unos meses antes, los demás se vieron sacudidos por las circunstancias del conflicto, que seguramente no esperaban y que fueron determinantes para fijar su memoria ulterior, y su leyenda. Machado murió en el exilio a la vez que la República; Azorín huyó a París durante la guerra y de vuelta en España puso su pluma al servicio de los vencedores; Baroja, tras un apurado lance entre carlistas sublevados y un breve exilio posterior, se sumó reticente al nuevo régimen, y Unamuno salvó su imagen para la historia en el penúltimo minuto de su vida. Este es el episodio que cuenta Alejando Amenábar en su última película, Mientras dure la guerra, un título irónico que subraya que la guerra aún dura.
El Unamuno que presenta Amenábar –en la hipnótica interpretación de Karra Elejalde- es un viejo egotista y desnortado, incapaz de ver lo evidente y de reconocer hasta qué punto está equivocado, aprisionado en una colérica indignación que no sabe contra quién dirigir y que finalmente estalla en su famosa intervención reactiva en el paraninfo de la Universidad de Salamanca ante una rugiente asamblea de militares y fascistas. Unamuno asiste a su propia derrota histórica, que es también biológica, contra la que no puede oponer sino un destello del genio retórico que ha cultivado durante toda su vida. La ironía de que fuera rescatado del probable linchamiento que habrían provocado sus palabras por la esposa del naciente dictador ilustra la extrema debilidad civil e intelectual del escritor, devenido pavesa del fuego inspirador que una vez fue. Una lección para el unamunismo rampante en la intelectualidad española actual.
Amenábar representa, en un cierto sentido, la antítesis de su personaje -el análisis frente a la retórica, la atención a los hechos frente a la contundencia de las opiniones- y ha deflactado la leyenda a sus términos humanos, que no los hace menos trágicos pero los libera, y nos libera a los espectadores, de sus efectos narcotizantes. Este tratamiento del material histórico ha provocado algunas reticencias en sectores del público acostumbrados al sesgo apriorístico, esquemático e incluso paródico de la mayoría de las películas de la guerra civil. La perspectiva del director es inequívoca y la presentación de los hechos fehacientes también; lo que resulta inquietante y provocador es el relato desde el interior de los acontecimientos mismos y por sus protagonistas porque nos sitúa ante el espejo de lo que fuimos y nos confronta a lo que somos. Una peli que nos interpela: imprescindible.
Totalmente de acuerdo. Unamuno era un reccionario con una permanente nostalgia de la fe católica de su infancia. En el acto del paraninfo se redimió algo de su tibieza ante la barbarie fascista; pero no hay que olvidar que Kazantzkis lo entrevistó no mucho después y allí afirmaba que Franco y Mola eran personas de alta moralidad y muy sensatas (o algo parecido, cito de memoria). Hasta el final, creo, sintió más simpatía por los golpistas que por los republicanos. Unamuno fue, sobre todo, un gran pelmazo. Quien firma estas palabras lo admiró en su adolescencia para luego ir cogiendo tirria a su ausencia de humor, negación de la música y, especialmente, el rollo insoportable de querer creer en lo que la razón le decía que eran niñerías. Ahora bien, en la película de Amenábar el personaje conmueve.