Los diseñadores, programadores o como se llamen los que se ocupan del mantenimiento del armatoste este en el que el escribidor vierte sus ocurrencias han añadido una nueva aplicación al tablero de mandos que mide la eficacia del titular de cada entrada o post, es decir, el presunto gancho del headline para captar el interés de los vagabundos de la red. En resumen, le han puesto al usuario un algoritmo como preceptor de retórica. Según esta aplicación, el baremo de calidad del titular va de 0 a 100 y el manual de instrucciones reza: Una buena puntuación es entre 40 y 60. Para obtener los mejores resultados debes esforzarte [ese irritante tuteo concesivo, como si el algoritmo se dirigiera a un niño o me conociera de toda la vida] por alcanzar 70 y más.

A estas alturas, el algoritmo ya ha debido comprender -si este verbo es pertinente a la inteligencia artificial- que el pupilo que le ha caído en suerte es un zote. Las últimas entradas de esta bitácora no pasan de 28 de puntuación, excepto La puñalada por la espalda que alcanza un meritorio 48. Debe ser por la puñalada, aunque quizá hubiera mejorado la marca si el autor hubiese utilizado una bazuca o una lupara en vez de un puñal. El algoritmo, como un profe meticuloso, acompaña la puntación con observaciones muy didácticas y, por ejemplo, para el titular de la puñalada subraya que, tu titular sería más probable que recibiera más clics si tuviera palabras potentes. Así que el usuario es conminado a utilizar palabras como dinamita o despatarre bajo las cuales, como saben los ociosos navegantes de la red, hay siempre sangre y sexo. Hay observaciones que invitan al usuario a preguntarse si el algoritmo está en lo que celebra. Por ejemplo, del titular Panegírico del año ido, comenta, tu titular sería más probable que recibiera más clics si tuviera palabras poco comunes. Panegírico le ha debido parecer no una palabra sino un adorno de navidad.

El escribidor ha decidido hoy poner a prueba la perspicacia del algoritmo llamándole preceptor de retórica. Se ve que el desafío le ha sorprendido, o halagado, porque le ha dado una puntuación de 42, ya en la franja competitiva. Luego, en los comentarios adicionales se ha ocupado de bajar los humos al escribidor: los titulares con un 20-30% de palabras comunes son más propensos a recibir clics (…) los titulares que provocan emociones probablemente generen más clics (…) tu titular tiene un sentimiento neutro, los titulares que son fuertemente positivos o negativos tienden a comprometerse más que los neutrales. En resumen, el algoritmo ha llamado al escribidor, pedante, frío e indiferente. ¿Y si tiene razón?

El escribidor ha pasado su vida poniendo una palabra detrás de otra mientras sentía en el cogote el aliento de la autoridad correspondiente, el maestro de la escuela, el profe de lengua del bachillerato, el catedrático de redacción en la facultad, el redactor jefe en el periódico, el editor en la imprenta, incluso el político que le había encargado la confección de un discurso. Todos sabían un poco más que él y de ninguno aprendió nada, y ahora, jubilado, cuando cree que ha se ha ganado el derecho a escribir en pijama, resulta que  un chisme del que no sabe ni su nombre le ha puesto un algoritmo para que vigile la calidad de los titulares, quién sabe si con el propósito de convertirle en un influencer. Que le den.