En las próximas semanas, las izquierdas de Madrid van a presentar a dos profes al frente de sus listas electorales. La docencia era el primer peldaño del ascensor social de las clases menestrales. La carrera de maestro de escuela proporcionaba un empleo digno y satisfacía el anhelo de un orden en el que reina el mérito personal y la disposición cívica a difundir el conocimiento. Un maestro en la familia era el honor y el orgullo de los que trabajaban con las manos, la promesa de una puerta abierta al porvenir, el esbozo de un intelectual, esa palabra mágica entre los pobres. La izquierda está plagada de maestros y de profes. La derecha desconfía de ellos y prefiere que sus vástagos asistan a colegios donde los profes están bajo control, donde no penetra ni una brizna de duda, que en el gobierno de doña Ayuso llaman adoctrinamiento porque confunden la ciencia con el dogma. Los maestros y profes no manejan el saber duro y fatal de las leyes, como los abogados, o del dinero, como los economistas, los dos gremios dominantes en el deep state. Pero albergan la fe en que el individuo y la sociedad pueden transformarse por la fuerza de las ideas. ¿Pueden?
Los dos profes a la cabeza de las izquierdas madrileñas compiten por el mismo espacio y se enfrentan a una dama boba, sin otro currículo que haber gestionado el tuiter de un perro y con una ejecutoria gubernativa plagada de errores y extravagancias. Probablemente, los profes perderán el lance ante la dama. Don Gabilondo y don Iglesias son distintos y distantes, por talante, por edad, por visión del mundo. Tienen en común el carácter abstracto de las disciplinas que imparten. El primero, filosofía dura; el segundo, ciencia política blanda, y esos quehaceres también les distancian y moldean sus respectivos caracteres, el modo como se presentan en sociedad. Don Gabilondo aparenta solidez, rigor, ensimismamiento, y diríase que a los suyos les está costando arrancarle de su torre de marfil. Don Iglesias ha inventado su oportunidad y ha saltado a la cancha con la confianza y la vanidad de un gato, el animal totémico de las redes sociales, que se sabe mirado por el público. Don Gabilondo es hombre de biblioteca, codos clavados en la mesa y mucha corrección de la letra pequeña; es un hombre en penumbra. Don Iglesias es más de juego de tronos y lo primero que hace cada mañana es garantizarse que los focos de la actualidad están sobre su cabeza. El metafísico y el guerrillero. El uno preocupado por el ser; el otro, por el estar. El estratega y el táctico, si bien ninguno de los dos ha conseguido una victoria definitiva en su campo. No sumarán y tal vez se resten entre sí, y eso sin contar con que puede haber una tercera izquierda en liza porque don Errejón, otro profe, puede legítimamente preguntar, porque se lo ha currado: ¿qué hay de lo mío?
La antipolítica o la fantapolítica, si lo prefieren, es el signo de los tiempos y favorece a la nueva y extrema derecha. La trumpiana doña Ayuso ha aplicado a su escala la famosa afirmación de Trump: puedo disparar a la gente en la calle y no perdería votos. La presidenta madrileña, a su turno, ha sacado a los enfermos de la covid a tomar cañas por las terrazas de la ciudad, y no perderá votos por ello. Hace falta mucha fuerza y cohesión política para desalojar del poder este sinsentido, y está lejos de ser seguro que los dos profes vayan a conseguirlo. Enciendan el televisor y no cambien de canal, volveremos después de la publicidad.