Si hubiera que caracterizar en una figura toda la frivolidad e impostura que imperan en la política actual, el cantamañanas don Cantó sería el candidato imbatible. A la manera de los prestidigitadores, en él la mano es siempre más rápida que el pensamiento y el movimiento, más urgente que la palabra. Aún no había terminado de declarar con gran aflicción que dejaba la política y ya tenía apalabrado un puesto de los de salir en la lista del pepé. Si este comportamiento público fuera común en los contratos y relaciones de la sociedad, es decir, en la vida real, esto sería la jungla (a la que se parece bastante, por lo demás) pero mientras esté limitado al marco de la política podemos decir que es solo un guiñol, cansino hasta el hastío e irritante hasta la rabia, cierto, pero un guiñol al fin.

Don Cantó es, a pesar de su juventud y su apostura de galán cinematográfico, una de esas reliquias en almoneda procedentes del desguace del partido de los ciudadanos naranjos, que don Casado está comprando a precio de ganga para hacer bulto en la lista de Madrid. Cuesta trabajo imaginar que un tipo como don Cantó pueda movilizar ni un solo voto porque su ejecutoria política le hace aparecer como un gafe, pero alguna cualidad debe tener este muchacho que, como las ratas, ha dado sobradas pruebas de supervivencia en dos naufragios sucesivos. Cuando se tiene un circo y la jefa de pista es un personaje tan creativo como doña Ayuso, cualquier extravagancia sirve para engordar el espectáculo.

El método Ayuso opera como un irresistible imán que hace suyas incluso las fuerzas que aspiran a contrarrestarlo. Cuando en ese entorno desquiciado don Gabilondo dice que quiere hacer un gobierno serio provoca en el respetable una irreprimible carcajada. El candidato socialista no quiere ganar las elecciones, o para decirlo más finamente, no quiere verse en el fastidioso engorro de tener que negociar un gobierno de coalición con quienes serían sus socios naturales y a los que detesta, y a este fin ha designado a dos hipotéticos aliados futuros, contradictorios entre sí, que ahora mismo son dos muletas rotas. Está por ver que los ciudadanos naranjos obtengan votos suficientes para pasar el corte de acceso al parlamento, y en caso afirmativo que quieran pactar con el socialista, y está por ver el reparto de votos que el caladero de los indignados vaya a hacer entre las candidaturas errejonista e iglesista, abstención incluida.

Autoinfligirse una derrota electoral semanas antes de la apertura de las urnas también es un arte circense y el mayestático y parsimonioso don Gabilondo ha empezado por devaluarse a sí mismo autocalificándose de soso y, como un guiño de cuñado hacia sus correligionarios, ha redundado en que es un verso suelto de la izquierda. Un rarito, vamos. Ser un verso suelto en un partido de organización leninista como es el pesoe donde quien se mueve no sale en la foto es en efecto una invitación a no salir en la foto. En la sede de Ferraz han entendido el guiño y le han puesto al candidato una guardia pretoriana de tres mujeres –Hana Jalloul, Pilar Llop e Irene Lozanoque no están en política de broma ni para bromas. La imposición ha causado malestar en la federación madrileña, lo cual es también un tópico de la organización federal socialista, que pone en evidencia lo suelto que puede ser un verso en este poema. Visto en perspectiva el espectáculo, las acrobacias de trapecio de don Iglesias aparecen cargadas de lógica. El pueblo de Madrid se cansará algún día de doña Ayuso y su circo pero ese día no será el próximo cuatro de mayo.