Lucía cumplió días atrás diez años. Dos lustros, decía ella, para demostrar que está al corriente del cómputo de la historia y para dar gravedad a la efeméride. Dos lustros cumple hoy la eclosión de los indignados. Dicho así, suena a una eternidad. Lucía mira las fotos de su primera infancia con una mezcla de curiosidad, desapego e indiferencia. Crecer significa no reconocer lo que fuiste. El árbol no reconoce la semilla. Otra cosa es que el árbol esté rozagante o marchito, y a los diez años no puede decirse que esté ni de una manera ni de otra; le queda mucha vida, si bien no está escrita.
Recordamos cómo eran los indignados en el paritorio de la Puerta del Sol: una explosiva reivindicación de la vida política y a la vez una masa informe, una especie de bullente paraíso terrenal donde las especies emergentes que lo habitaban no tenían nombre ni destino. No nos representan, era la proclama general contra la realidad instituida. El vagido de quien sale de la calidez de la placenta y se encuentra un mundo devastado por la crisis económica. Sin saberlo quizá, los indignados acababan de diagnosticar su principal carencia, justamente la que acabaría con el movimiento. La representación política requiere confluencia, consenso, objetivos compartidos, cuadros y jerarquía reconocidos, y sobre todo mucha, mucha paciencia. Nada de eso había en la Puerta del Sol. Los podemitas intentaron dirigir la indignación con una fórmula tan simple que parecía mágica: la sociedad se divide en casta y gente, una especie de versión dramática del upstairs/downstairs de las representaciones cómicas del clasismo inglés.
Los indignados consiguieron representación política, minoritaria, de acuerdo con las reglas del juego del antiguo régimen que querían derogar y la han mantenido con mucho esfuerzo hasta ahora, a costa de ver a su tejido orgánico deshacerse en la realidad como un bizcocho en el café con leche. En cierto momento relativamente temprano de esta agitada década, la indignación política se convirtió en un espectáculo con un solo monologuista, don Pablo Iglesias, que ahora se ha cortado la coleta para redirigir sus pasos al ejercicio del periodismo crítico, vale decir, para impartir doctrina y ocurrencias en you tube, como su némesis, doña Cayetana.
Los indignados fueron una señal indicativa, más que un agente activo, del desgaste de materiales del correoso régimen del 78: la monarquía, el bipartidismo, la estructura económica del país, la redistribución de las rentas, el acuerdo territorial, etcétera, están en crisis, o si se prefiere, en revisión. No podemos saber cómo habrían evolucionado los acontecimientos si los indignados no hubieran hecho acto de presencia; lo cierto es que estuvieron ahí y, en sus mejores momentos, señalaron con su protesta las carencias del país y a los más tardos y acomodados nos despertaron de la siesta. Eso que les debemos, que no es poco.