Has been es un término de la jerga hollywoodense que designa a la estrella de la pantalla que lo fue en el pasado y ahora habita el olvido, dejada a su suerte por la industria que tanto se benefició de su atractivo. Esta categoría, hecha de pretérito y desmemoria, no opera en la específica rama de la industria del espectáculo que es la política española. Aquí, las estrellas se jubilan relativamente pronto pero no se desvanecen nunca. Los herederos del negocio los llevan a las reuniones familiares para que aporten legitimidad y relumbrón, como un jarrón chino, para decirlo en frase famosa, pero apenas están en el escenario el ramo de gladiolos se comporta como una planta carnívora. Y así fue como don Aznar abroncó a don Casado y don González leyó la cartilla a don Sánchez. Hay en la actitud de estos ancestros un rasgo de maliciosa satisfacción cuando les dan la oportunidad de recordar que sus sucesores no les llegan ni a la suela del zapato. Todo tiempo pasado fue mejor, sobre todo si fuiste presidente del gobierno con mayoría absoluta en el parlamento.
La condición de abuelo incordiante en este mundillo no se adquiere por edad, ni menos por sabiduría, sino por genealogía, y hasta los partidos más juveniles tienen un antepasado parlanchín. Unidaspodemos está aún en la tierna edad de ocho años y ya tiene a don Iglesias, devenido comentarista de una realidad que no entendió cuando estuvo en activo y que terminó por expulsarle de la cancha. Hubo algo de rabieta pueril en aquella brusca retirada: no me queréis de jefe, pues me voy y vais a oírme. Estos días pasados, los más finos analistas de la charada de la reforma laboral han tomado nota del silencio de don Iglesias, que bien puede significar disgusto por el modo pactista como se urdió el decreto ley y su milagrosa aprobación. No hay discusión de que el procedimiento careció por completo de épica. Ningún guionista podría armar una serie de televisión o un videojuego con ese material, como no fuera una versión del dominó en un casino de pueblo, con mucho golpe de las fichas sobre el mármol de la mesa.
Pero un comentarista, por definición, no puede permaneces callado y don Iglesias ya ha encontrado el arranque en su terreno favorito: meter el dedo en el ojo al pesoe, el socio mayoritario de su partido en el gobierno. El prócer lamenta que el pesoe no haya terminado de entender que pactar con la derecha es aceptar caballos de Troya. La metáfora evoca una actitud defensiva, de gobierno asediado, muy lejana de aquella prometida conquista de los cielos, pero además, pasada por el filtro de la realidad, la admonición ignora que el pesoe y el gobierno en su conjunto fueron abandonados por las izquierdas catalana, vasca y gallega cuando se trataba precisamente de las condiciones de vida de los trabajadores. ¿Hay algún asunto que interese a la izquierda más que ese? No será en esta bitácora donde se celebre la afición histórica de los socialistas por el chalaneo táctico, que a menudo les lleva a hacer un pan como unas tortas, pero don Iglesias, madrileño de nación, debería revisar su visión del país y afinar más el significado de su famosa plurinacionalidad, aunque, qué más da, si ya no tiene ninguna responsabilidad política y todo lo que diga le sale gratis, como a don Aznar o a don González.