Los viejitos que nos reunimos una vez a la semana para compartir un café de media mañana somos gente parloteadora, le damos la vuelta al mundo como si fuera un calcetín y terminamos el encuentro con el reconocimiento unánime de que hemos vivido tiempos buenos. En efecto, no hemos conocido la guerra, hemos tenido empleos estables y sostenidos, somos propietarios de nuestras viviendas y tenemos una pensión decente. Este reconocimiento empírico del bienestar viene salpimentado por un sentimiento contradictorio: la sospecha de que el futuro no será mejor para los que vienen detrás y la satisfacción de que nosotros no lo veremos. Podemos decir sin riesgo de error que este estado de ánimo alegre y confiado es compartido por toda Europa, hasta ayer.

En las últimas semanas, Ucrania se había colado inevitablemente en la agenda conversacional del café de jubilados. Los argumentos que menudeaban en la tertulia estaban dictados por tres condicionantes: la lejanía del teatro de operaciones, un antiamericanismo de fondo que nos hacía desconfiar de las advertencias de míster Biden y mostrarnos equidistantes respecto a las razones de los presuntos contendientes y, sobre todo, la incapacidad de imaginar el retorno a un pasado horroroso, con helicópteros artillados sobre nuestras cabezas y tanques rodando por las calles. Si elevamos este microcosmos de satisfecha opinión al conjunto de Europa veremos, por ejemplo, que ha dictado el comportamiento de buen rollo de monsieur Macron, creyéndose su inane papel de mediador en el conflicto.

Los europeos nos hemos acostumbrado a un sistema político que funciona aunque al frente estén perfectos idiotas o, para decirlo más finamente, hemos aceptado las servidumbres de un poder blando para no tener que reconocer nuestra carencia de un poder duro. En nuestro imaginario no hay sitio para personajes como Putin, que, además de poseer las cualidades estándar de cualquier político -taimado, ambicioso, mendaz-, siente un desprecio absoluto por el derecho y por las vidas de los demás. Putin es un príncipe renacentista, que asesina a sus adversarios con veneno, como un Borgia,  y tiene una idea del mundo  más cercana a la de Iván el Terrible que a la de cualquier líder occidental actual, en los que no ve más que corrupción y debilidad.

Las primeras reacciones de Europa ante la invasión de Ucrania han sido, como era previsible, de dos tipos. Primero, nos hemos echado la mano a la cartera y elevado la mirada hacia el tablero de las cotizaciones de bolsa y la famosa prima de riesgo, que aún sigue ahí, como el virus de la covid19. Ahora ya sabemos que nuestra arma secreta de las sanciones económicas a Rusia agujereará nuestros bolsillos antes que torcer la voluntad bélica de Putin y compañía. La segunda reacción ha sido una efusión humanitaria sin precedentes para abrir las fronteras a los refugiados ucranianos. Dejando de lado que ambas reacciones son una muestra de aceptación de la victoria de Putin, ya veremos lo que dura la segunda (la primera queda en manos de los mercados) en una cultura política que tiene a los inmigrantes como el principal adversario de las naciones, un indeseado riesgo que cualquier vecino extracomunitario, ya sea Marruecos o Bielorrusia, puede utilizar para provocarnos una crisis de nervios con solo despachar a unos cientos de refugiados inesperados al territorio de la , táctica a la que hemos dado el ingenioso nombre de guerra híbrida.

En su remota juventud, los vejetes de la tertulia votaron en contra de la otan cuando se les requirió la opinión en referéndum mientras leían a Dostoyevski. La otan siguió en pie, y ampliando su campo de acción en los años siguientes, y en cuanto a Crimen y castigo, el crítico Vladimir Putin afirma que solo muestra la debilidad de Rusia, que naturalmente él se ha propuesto superar. Lo dicho, el marrón para los nietos.