A estas alturas, ya sabemos que hay dos guerras de Ucrania, o tres, si se suman las efusiones sentimentales que se registran en los estadios deportivos, donde los ucranianos son nuestros hermanos. Pero las guerras que importan son dos. La de hierro que tiene lugar en un concreto escenario bélico y que provee de toda clase de desdichas bien conocidas y la guerra de oro, que se despereza lentamente como una serpiente anaconda en los sótanos blindados sobre los que se erigen los rascacielos de todo el planeta y en donde no es fácil identificar a amigos y enemigos debido a la oscuridad reinante en esas cloacas y a la monótona uniformidad de los combatientes, camuflados todos en colores dólar, libra, euro y yen. Para la guerra de hierro todo el mundo tiene una solución, aunque por ahora ineficiente, pero en qué medida los anillos de la anaconda harán presa en nuestra hipoteca, en nuestro empleo o en el recibo de la luz hasta quizá asfixiarnos es por ahora una pregunta sin respuesta.
Hablemos de Chipre, un poco a voleo. Fue uno de los países de la unioneuropea más renuentes en principio a las medidas de represalia económica contra Rusia, junto con Alemania e Italia, estos dos últimos por razones bien sabidas: la dependencia del gas, en el caso de la primera y, en el caso de la segunda, por las numerosas empresas italianas instaladas en Rusia. Pero, ¿por qué Chipre? Pues bien, según una información pescada en la red, este país es el primer puerto del dinero que sale de Rusia y a través de una sucesión de islas atlánticas que son paraísos fiscales, como piedras para cruzar un arroyo, llega a su destino en Delaware y Reino Unido, donde el dinero emerge y se vuelve operativo. Es la anaconda.
¿Quién ganará esta guerra y a qué coste? Los datos económicos que recibimos son aún más brumosos que los militares. He aquí algunos, también a voleo: Rusia ha acopiado unas reservas de tropecientos mil millones, producto de la venta de hidrocarburos a occidente para hacer frente a las sanciones económicas; el pib de Rusia es como el de Italia y el ochenta por ciento está en paraísos fiscales occidentales, etcétera. Imposible prever los movimientos de la anaconda con estos datos.
La economía occidental funciona así: subroga la producción de bienes de consumo y equipos a China y atrapa fondos financieros de todas las cleptocracias del mundo. Los ricachos del planeta tienen entre nosotros una calurosa acogida y se convierten en conciudadanos con la mera posesión de la visa oro, la cual les otorga el título de residentes privilegiados. Tenemos entre nosotros, pues, a unos tipos que frecuentan hoteles de muchas estrellas, habitan residencias principescas, tienen yates despampanantes atracados en el puerto y hacen feliz al gremio de joyeros, pero de los que no sabemos si son amigos o enemigos, como el gato de Schrödinger. Estamos en una economía cuántica, y por eso mismo difícil de cuantificar. Esta confusión ha inspirado la acción del sanguíneo marinero ucraniano que quiso hundir en Mallorca el yate de su patrón ruso, un respetable traficante de armas, y ha tenido que huir a Ucrania para eludir una condena española por daños materiales. Los ucranianos de a pie no solo combaten a los tanques rusos sino a la hipocresía occidental de la que sin duda quieren formar parte.
Lo que ha arruinado la reputación internacional de don Putin es el atavismo de su conducta: ha iniciado una guerra de conquista a la manera del siglo XX cuando el planeta entero está dominado por la cultura del XXI. Eso lo saben mejor los chinos, que han aprendido a manejarse en el novísimo ecosistema con extraordinaria pericia. De momento, gracias a la guerra, los europeos creemos saber que don Putin posee una de las fortunas más grandes del mundo y es propietario de un obsceno palacio versallesco, información que debemos al disidente Alexei Navalny, superviviente del tratamiento con veneno que el autócrata de Moscú dedica a los que le llevan la contraria.