A Raúl, que ha inspirado este comentario inciado en el café de media mañana, con afecto.
En las primeras páginas de El siglo de las luces del escritor cubano Alejo Carpentier, un barco parte de Francia en 1790 para exportar la revolución francesa a las Américas y en el puente de proa lleva montada y ostentosamente visible una guillotina. Durante el siglo XIX, los libertadores americanos abrazaron la causa revolucionaria francesa y se inspiraron en la doctrina europea de la Ilustración, pero el resultado no fue el esperado. La guillotina que acompañó a aquel ingente movimiento de emancipación de las colonias de la herrumbrosa corona española creó regímenes dirigidos por burguesías terratenientes y extractivas; economías atrasadas y basadas en monocultivos de materias primas; esclavitud de la población africana traída a la fuerza; servidumbre de los nativos y destrucción de sus modos de vida y de sus instituciones, y en último extremo regímenes despóticos basados en la figura del caudillo, un personaje retratado por la pluma de Valle-Inclán y que ha tenido después repetido reflejo en la literatura latinoamericana. Hay, pues, razones para el resentimiento contra las luces que llegaron de Europa.
A mediados del siglo pasado, las cosas no fueron mejor para los países del Cono Sur. La liberación de Europa de las garras del fascismo fue debida a dos fuerzas convergentes: Estados Unidos y Rusia. Esta segunda carecía de intereses en Latinoamérica mientras que para la primera, era un prometedor mercado gobernado por oligarquías locales corruptas y muy porosas al modo de vida americano, y proclives al caudillismo en versión dictadura militar, secundada siempre por Washington. Este es el mapa histórico en el que opera el pensamiento quizá mayoritario de América Latina y explica las opiniones del papa Bergoglio y del líder brasileño Lula da Silva sobre la guerra de Ucrania. También explica que países que representan a más de la mitad de la humanidad se abstuvieran en la votación de condena a la invasión rusa que aprobó la onu.
Los argumentos de Bergoglio y Lula sobre Ucrania consisten en un reparto de culpas por la guerra entre Rusia y lo que ahora llamamos Occidente. Bergoglio, que en su afán de mediación ya ha recibido un portazo en las narices de su homólogo Kirill, ex agente del kagebé y patriarca de la iglesia rusa, ha dicho que los ladridos de la otan quizá provocaron la invasión de Ucrania. Hasta el papa de Roma comprende que los hipotéticos ladridos del perro del vecino no autorizan a nadie a invadir su predio, matar al perro, al vecino y a su familia, devastar el jardín y pegar fuego a la casa.
En el caso de Lula, el argumento es más simple, lo hemos oído en ocasiones de amigos y gente querida, y se basa en el odio que despierta Zelenski por resistir a la invasión, en la convicción de que este tipo, cómico profesional, no es más que un peón de Estados Unidos y de la otan. La conclusión última de este argumento, que también hemos oído, es que los ucranianos son un país de mierda. Ojo con esta idea, que puede tener efectos siniestros sobre los millones de refugiados acogidos en Europa, según cómo termine la guerra y el coste que tenga.
El imperio ruso es continental, al contrario de otros imperios del pasado y del presente (Estados Unidos, España, Portugal, Inglaterra, Francia) que son o fueron transoceánicos. En realidad, las cuitas rusas provienen de la ansiedad generada por su problemática salida al mar en su frontera occidental, y hace que su área de influencia en la península que llamamos Europa carezca de límites. ¿Hasta dónde deberá llegar esta área de seguridad para Moscú: mar Negro, mar Báltico, mar Mediterráno, mar del Norte, océano Atlántico? ¿En qué línea del mapa se sentirá Rusia segura ante las presuntas amenazas de Occidente? ¿Y si todo fuera un cuento putinesco para encubrir su impotencia en el intento de hacer de Rusia el país moderno e influyente que no es a pesar de sus dimensiones e inmensos recursos? Por supuesto, estas preguntas no deben quitar el sueño más que a los europeos y Lula y Bergoglio están exentos de hacérselas, así que desde aquí se puede entender su opinión sin compartirla. Toda realidad tiene su lado bueno, como cantaban en La vida de Brian. Europa no solo es una exportadora de violencia desde hace quinientos años, también es capaz de consumirla en casa en dosis masivas. Quién sabe, quizá ha llegado la hora de darnos otro atracón.