Es obvio que el líder del pepé, don Feijóo, no puede competir con su correligionaria doña Ayuso en el  concurso de la parida diaria que mantiene alerta y excitados a los suyos. La desagarrada demagogia de la presidenta madrileña es un arte escénico para el que no está dotado el manso y tornadizo don Feijóo, que ha construido su leyenda sobre sucesos tan extravagantes como embadurnar la espalda de un narcotraficante con crema solar y decir a continuación que no sabía que fuera  de un narcotraficante la espalda que embadurnaba.  Don Feijóo no es moderado, solo perezoso y torpe, y no está dotado para lucirse bajo el inclemente sol mesetario. En su última salida al ruedo, el moderado aspirante a la presidencia del gobierno ha anunciado que no gobernará si no gana las elecciones. A bote pronto parece una obviedad democrática –no ganas, no gobiernas-,  propia de un aficionado a las tautologías, pero como todo en política la afirmación tiene varios pliegues.

El primero, que puede ser una arenga para mantener despierto el voto de los suyos, quizá también cansados de la estrategia obstruccionista seguida por el pepé con ayuda de los empecinados jueces que le son afines. Para el común, la confusión introducida por la derecha para conservar las mayorías que no le corresponden en el poder judicial y en el tribunal constitucional es un laberinto indescifrable. Los urdidores de la estrategia dieron en fantasear que conseguirían el adelanto de las elecciones (don Feijóo lo pidió) y la consiguiente abstención en la izquierda. Parece que eso no va a ocurrir. Don Sánchez ha recuperado la iniciativa en este partido de tenis, mantiene su compromiso electoral y la variopinta izquierda que apoya a su gobierno se ha compactado, al menos de momento porque no se puede confiar en que la izquierda haya renunciado a su célebre gen disgregador, que tanto gusta a los propios y asombra a los extraños.

Así que don Feijóo tiene en la mano el último sondeo de la agencia oficial que dirige el otrora  guerrista (de don Alfonso) don Tezanos –otro muñeco que la derecha tiene convertido en un acerico-, que le anuncia que pepé+vox no conseguiría la mayoría absoluta en este momento. Don Feijóo no es tan tonto como quiere parecer y sabe que en un sistema parlamentario como el español forma gobierno, no el que gana las elecciones, aunque ayuda tener al menos la minoría mayoritaria, sino quien consigue una mayoría que apoye la investidura en el congreso. Se acabaron las fórmulas lineales -yo gano, tu pierdes- del bipartidismo y se abre un escenario de negociación a varias bandas. El éxito de don Sánchez ha sido comprenderlo y dar cancha a sus socios de investidura, a menudo de manera improvisada y sin encomendarse ni a dios ni al diablo. Esta actitud produce una sensación de vértigo y no está exenta de riesgo pero mientras funciona es como un bólido de fórmula uno.

La curva más peligrosa está en Cataluña. Si bien los indepes han comprendido a la fuerza que no se puede hacer política contra Madrid, en Madrid no terminan de entender que no se puede hacer política sin Cataluña, un espacio electoral donde el pepé no solo no tiene representación digna de un partido nacional sino que además debe mantener en el imaginario de sus seguidores que se trata de un territorio comanche. Este nudo gordiano y la eclosión de vox son las dos consecuencias del  a por ellos, oé, oé, oé. Ahora, don Feijóo se siente como un jugador al que no le entran cartas y ha reconocido que sin buenas cartas no se gana el juego aunque esté acompañado en la mesa de algunos tahúres con toga y tenga a los guardias de la porra de su lado.