Abres los ojos a la luz del día y ahí están unos y otros esperándote, como marionetas de guante en el arcón de un dormitorio infantil, para moldear tu ánimo de buena mañana, ya sea con una risa tonta o una depresión inabarcable.

En la torrentera de gacetillas y chismorreos que ha desencadenado la galáctica separación de don Vargas y doña Preysler, hemos leído que su relación había traído una caída en las ventas de los libros del premio nóbel. No debió ser así al principio porque, según cuenta abc en una noticia de siete años atrás, ocurrió lo contrario. Se ve que el buen pueblo debió pensar entonces que lo que escribía don Vargas eran manuales de autoayuda para aspirantes a figurar en las páginas de ¡hola! (quizá el mismo autor lo pensase) hasta que después de ojear Conversaciones en la catedral sus admiradores se dieron cuenta de que era solo literatura y para eso, mejor nuestra paisana Susana Rodríguez Lezáun. En los últimos tiempos, la plebe identificaba a don Vargas como la pareja de la Preysler. No es que al escritor le disgustase el relumbrón social del que es adicto pero él vive de las regalías de sus libros y el pavoneo con la cortesana estaría poniendo en riesgo la fuente de sus ingresos. Menos mal que l’Académie Française salió al quite y le calzó una casaca con entorchados y espadín para rescatarlo de la enajenación en que había vivido con esa mujer fatal.

Don Tamames, otro anciano con adicciones eróticas (espero que el censor de Roald Dahl  no lea estos desvaríos), debería mirarse en el espejo del nóbel, no sea que su acreditada fama de probidad y patriotismo sea puesta en almoneda o directamente en ridículo al servir a los intereses del partido voxiano. No sabemos si don Tamames depende de la venta de sus libros, aunque habría que comprobar el estado de la cuenta editorial de Estructura económica de España, pero sin duda tiene una reputación que conservar aunque sea tan añeja e impostada como la casaca de don Vargas. Los jóvenes periodistas que informan sobre él no olvidan nunca su pasado antifranquista, comunista y fundador de izquierdaunida como materia de asombro ante la deriva del prócer. Pero los más viejos del lugar sabemos que si hubiera que hacer un censo de izquierdistas devenidos fachas en estos cuarenta años, el instituto nacional de estadística tendría un severo problema con la capacidad de sus ordenadores.

Y mientras los candelabros del pasado bailan un vals con la Historia, un candil del presente se afana sin demasiada fortuna para que un soplo cualquiera no acabe con su modesta llamita. Este escribidor admite que carece de la paciencia y pericia de su amigo Quirón en el arte de diseccionar la eutrapelia de don Feijóo, el líder provisional de la oposición, pero convenimos en que es un personaje hipnótico en su inanidad. Ni teniendo al gobierno en la mesa de operaciones abierto en canal por sus disensiones internas puede terminar una faena sin encharcarse. La  afirmación de que el reconocimiento de derechos de las personas transgénero  molesta a la gente de bien borra el efecto que la fatigosa tramitación de esta ley haya podido causar en la opinión pública para situar la atención en el término gente de bien, una expresión añosa, de casino rural o charla de sacristía, que deja fuera a la mayoría de una sociedad variada y abierta, delata las fobias de quien lo dice y lo retrata como lo que es, un reaccionario perezoso y un moderado de pacotilla. Quirón cree, no obstante, que don Feijóo ganará las elecciones. Esperemos que se equivoque.

Y por hoy echemos el telón del teatrillo y vuelvan las marionetas al cajón.