La famosa proclama suele interpretarse en clave de católico huevón, que acude a la liturgia dominical para conservar el estatus y las prebendas que tiene el resto de la semana, pero en realidad expresa  el vertiginoso e interesado cambio de convicciones religiosas del rey Enrique de Navarra –el primer borbón, por cierto, y no es por señalar-, que era calvinista y adoptó la religión mayoritaria para ser rey de Francia.

Un debate teológico para chiringuito de playa podría versar sobre si doña María Guardiola, presidenta de Extremadura, era en origen calvinista o católica. A juzgar por los signos de admiración con que fue recibida su filípica contra los voxianosno voy a gobernar con quienes niegan la violencia machista y deshumanizan a los inmigrantes, tiran a la basura la bandera lgtbi, etcétera- podría decirse que es una hereje conversa a la verdadera fe, pero en realidad siempre ha sido una de los nuestros, a la que se le perdonan los pecados, como a todo el mundo en este país, con solo arrodillarse ante autoridad competente, y de la que puede decirse que se le había ido la olla momentáneamente.

No sé si usted, hipócrita lector, mi semejante, mi hermano, creyó la proclama antifascista de la desmelenada doña Guardiola, pero puedo asegurarle que este escribidor no la creyó, si bien  le atribuyó una cierta audacia y sutileza política que desde luego no posee. Al asistir a sus encendidos desahogos liberales de líder afrentada en sus convicciones, este espectador pensó que la candidata al trono de Extremadura había planeado hacerse un Sánchez, es decir, arriesgar la suerte a una segunda convocatoria electoral en la que su carisma democrático arrastraría votos a su izquierda y, en el peor de los casos, de repetirse los resultados, aceptaría el veredicto del pueblo y acogería en su regazo a los réprobos voxianos. Es lo que hizo don Sánchez entre abril y noviembre de 2019 para aceptar en su gobierno a los podemitas, con razonable éxito. Pero ni el pepé es un partido de riesgo ni doña Guardiola es una artista del alambre acreditada como don Sánchez. Después de algunos balbuceos del jefe hablando de porcentajes y otros despistes, las erinias guardianas de la casa –doña Ayuso y doña Aguirre- pusieron el grito en el cielo y el globo de doña Guardiola pinchó de inmediato dejando para la posteridad una sentencia casi tan buena como la que se atribuye a Enrique IV, y de parecido tenor: mi palabra no es tan importante como el futuro de los extremeños.

Pero, al uso de la época, la presidenta extremeña no ha podido evitar ponerse moñas y deflactar la rotundidad de su mensaje con un par de chorradas añadidas: mis principios son los mismos y esto parte de una profunda reflexión que me ha llevado al origen. En ninguna actividad humana como la política las palabras están tan alejadas de los hechos y son tan inapropiadas para describirlos o justificarlos. Los términos conciencia, ética, principios, promesas, son en este campo semántico una gelatina que se desliza sobre la roca del poder, como nos enseña Père Ubú, el personaje escénico que creó Alfred Jarry, codicioso, voluble, glotón, cruel, que llevaba consigo un muñeco de trapo al que llamaba su conciencia y al que sacaba de un baúl para consultarle cada vez que se enfrentaba a un dilema moral. Con gran asombro e hilaridad del público.

Claro que aquel Ubú no podía escapar de la jaula de la ficción, pero sus discípulos, que brotan entre nosotros, son reales y tienen mano sobre los presupuestos públicos, la policía y la judicatura. ¡Buen dios, líbranos de los políticos que creen tener conciencia!