Es un espanto análogo al que debieron sentir los campesinos de los siglos catorce y quince cuando en lo más profundo de la noche oían sobre sus cabezas el vuelo de las hermanas que cabalgaban escobas y dejaban atrás un paisaje de peste, desolación y hambruna. Así de atemorizados deben sentirse ahora mismo los catalanes ante la migración ingrávida, urgente, silbante, de empresas que creían afincadas en su país y que parten cabalgando en la cuenta de resultados en busca de tierras más propicias a sus empeños y maquinaciones y dejando atrás una amenaza de ruina. El ibextreintaycinco es el aquelarre de esta época. La fuga de empresas ha sido el golpe más demoledor que ha sufrido el argumentario independentista (más aún que los vivificantes porrazos del uno de octubre) hasta el punto de empujar el delirio de don Puigdemont a sugerir un referéndum, otro más, sobre la permanencia del país imaginario que preside en la unioneuropea. La pregunta es, ¿no imaginaban los independentistas este efecto de su aventura?, ¿se engañaba o mentía don Mas cuando afirmó que ningún banco ni empresa abandonaría Cataluña ante el tsunami soberanista? He aquí una pregunta intrigante y, si me permiten la vanidad, enjundiosa.
La constitución del 78 tenía entre sus designios, y no era el menos importante, garantizar la permanencia de la simbiosis, heredada del periodo de la dictadura, entre la clase política dirigente y la oligarquía económica. Si el lector quiere ilustrarse sobre esta afirmación sin perder la sonrisa, véase La escopeta nacional de Berlanga. La corrupción, que irrumpió en escena en el primer minuto de la puesta en marcha de la democracia, es la huella de esta simbiosis perversa y pervertida. No debe ser casualidad que uno de los plutócratas más relevantes y publicitado en los últimos casos de corrupción conocidos, don Villar Mir, haya sido ministro del hacienda del primer gobierno, aún franquista, de la monarquía. La gestión de esta simbiosis de los dos poderes, político y económico, fue delegada en las comunidades históricas a las burguesías regionales del País Vasco (a través del concierto) y Cataluña, y en este último país, se desarrolló con tal determinación que don González, al frente del gobierno del estado, no dudó en encubrir a don Pujol y a su hacendosa familia en el caso de bancacatalana. Fue aquella la primera ocasión escenificada en la que la corrupción se envolvió en una bandera nacional. Lo que ha cambiado desde entonces es la incorporación a la senyera de una estrella de cinco puntas, signo de ominoso recuerdo para el capital en todas las partes del mundo pero, a la vez, signo de este tiempo de desafección y descontento.
La economía ha mudado del estado sólido que tuvo durante la época industrial al estado gaseoso, inaprensible, que adopta el capital financiero. Este es uno de los gérmenes, quizás el más importante, que ha alentado la fuerza del independentismo catalán: el sentimiento de pérdida de peso de su tejido industrial en relación con los cambios registrados en la economía globalizada. El independentismo aspiraba casi exclusivamente a obtener el control de las finanzas del territorio que les roba Madrid en el sentido de que la capital capitaliza los beneficios de la evolución de la economía. El capital financiero ya se había concentrado en la capital del reino mucho antes de que empezara el prusés. La fuga de empresas no es consecuencia de este, aunque la haya acelerado y hecho visible, sino, por decirlo así, una inercia propia de la ley de la gravedad que reina en la economía. Y ninguna fuerza gravitatoria opera en doble sentido ni es reversible, así que no crean a don Rajoy cuando dice que las empresas volverán a donde partieron. El orden del capital –ese nuevo sacro imperio romano germánico- no solo ha hecho imposible la república catalana, también tiene bajo su tutela al reino de España. Si los catalanes se han visto aherrojados por el artículo ciento cincuenta y cinco, el conjunto de los españoles lo fuimos por el artículo ciento treinta y cinco, ambos rutilantes joyas jurídicas de la constitución que votamos todos, ay.