Es signo de pésima crianza proclamar ya lo dije cuando se produce un acontecimiento infausto. Indica inmodestia y mala sombra. Pues bien, este listillo ya lo dijo. En esta bitácora se publicó el pasado mes de septiembre una entrada en la que, a través de una manida metáfora taurina, se ilustraba el final del girigay catalán. No volveremos a la tauromaquia para el recuento de los hechos. En claro y por derecho, el  gobierno central tuvo desde el primer momento todas las bazas para ganar la partida y, si bien ha perpetrado un sinnúmero de cálculos de mal jugador, pifias y atropellos del reglamento, al fin ha visto a su adversario arrastrado hacia la derrota. El gobierno central y el independentismo catalán han jugado en longitudes de onda muy alejadas e incompatibles entre sí, y no solo porque defendieran objetivos diametralmente opuestos. El gobierno tenía a su favor la realidad, es decir, el derecho y la fuerza del aparato del estado, mientras que el arma principal del independentismo era el enamoramiento de sí mismo. El deslumbrante fulgor de las banderas en las que se envolvía le hizo olvidar su debilidad y su impostura. Ahora, la partida ha terminado y quedan algunas preguntas sin respuesta y un montón de efectos políticos pendiente de inventario.

Para empezar por las preguntas, ¿qué hizo que la derecha catalanista, la que representa el partido de don Puigdemont, se convirtiera al independentismo después de décadas de colusión de intereses con el gobierno central? Para no perder la hegemonía, decidió eludir sus responsabilidades, poner tierra de por medio con la corrupción que había reinado bajo el pujolato y evitar mancharse las  manos con las devastadoras políticas de recortes de gasto público. Madrid tiene la culpa. Espanya ens roba. Las consignas se ajustaban como un guante a esta gran evasión de la realidad. Aquí es aplicable la célebre sentencia del doctor Johnson: el patriotismo es el último refugio, etcétera. En el curso de esta huida a ninguna parte, la derecha catalanista se vio abandonada, primero, por el capital (fuga de empresas) y, por último, por sus socios republicanos representantes de la menestralía. En el último acto, lo que quedaba en escena era el cuadro decimonónico de un caudillo exiliado y un pueblo desconcertado y dividido. Quizá no sea casualidad sino una acertada ironía de la historia que el tipo que ha revelado la derrota política del líder soberanista mediante una oportuna indiscreción de su móvil sea nieto de un caudillo carlista y último vástago de una saga de políticos saltimbanquis presentes en Cataluña desde que se tiene memoria. Todo carlismo necesita un traidor para preservar la leyenda y ahora el papel le ha tocado a don Comín.

En cuanto a los efectos políticos, hagan su propia lista y ordenen las prioridades según su preferencia: la generalitat suspendida; la división de poderes zarandeada; la constitución malparada; la reforma constitucional federalista más lejos que nunca; el nacionalismo español eufórico; la sociedad catalana dividida; la izquierda acoquinada y desorientada, el partido más corrupto de la historia encantado de haberse conocido; las ciudadanía hastiada y desmovilizada por el monotema; la calidad de la democracia en caída libre, y por ahí seguido. Un exitazo.