Repitan para su coleto un par de veces el tópico que da título a esta entrada y notarán en ustedes un flujo de simpatía hacia la persona a la que se refiere, no importa quién sea. Es más chula que un ocho, la niña. Esta simpatía espontánea por los sinvergüenzas y el carácter tribal de nuestra sociedad explican la correosa persistencia de la corrupción política. Los chulos y las chulas nos chulean, pero lo hacen con tanto donaire, aguantan con tanto desenfado la sobreexposición de sus chuladas, que el borroso tipo de la calle tiende a dudar de su juicio y a preguntarse si la o el sinvergüenza no tendrán razón. Esta duda alcanza en ocasiones sublimes rango de argumentación jurídica, como ayer mismo, en que el abogado de don Urdangarín pidió al tribunal supremo la absolución de su defendido porque ya había cumplido la condena impuesta por la sociedad y los medios. Es la charla de barra de bar elevada a argumento de jurisprudencia. Si la plebe te condena, que te salven los tribunales; y si te condenan los tribunales, que te salve la plebe. Hay precedentes famosos de los dos casos: del primero, la misma esposa de don Urdangarín, que es el que ha debido inspirar al abogado de este; del segundo, la Pantoja. Todas más chulas que un ocho.
La última chula del barrio, doña Cifuentes, atrapada en un feo asunto de falsificación de título académico, ha emitido un vídeo en el que amusga los ojos, afila los labios, como para concentrar la energía letal de la réplica y con una sonrisilla ofídica proclama: a los que quieren que me vaya, pues no me voy, me quedo. Más chula que un ocho. Antes de que llegara a tan heroica decisión han comparecido ante la opinión pública las autoridades académicas de ese cortijo del pepé que es la universidad que lleva el nombre del rey emérito donde la chula obtuvo su título ful. Rector y profesores del centro han compuesto una cacofonía de datos contradictorios, argumentos descabalados y silencios significativos, en un toreo de salón con la verdad. Un consejo entre paréntesis: universitarios que habéis tenido que emigrar al extranjero, no volváis si queréis conservar la reputación profesional y académica de vuestras carreras. Cuando acontece un episodio de corrupción como el que protagoniza doña Cifuentes, nos acordamos de los luteranos y de las dimisiones fulminantes y voluntarias a que dan lugar estos casos en la Europa septentrional. Es una muestra más de por qué estamos entre los países tributarios de Alemania. Pero los luteranos están solos con su conciencia ante la sociedad y la ley, y aquí tenemos a la familia, a la panda, a los compiyogis, al partido y en último extremo al confesor, que es de confianza, y todos forman un grumo calcáreo que nos protege de las acechanzas de la verdad y de las obligaciones para con la ley. Doña Cifuentes no dimitirá ni es previsible que pague por su (presunto) fraude salvo que el entorno político y social que la ha criado la abandone como se abandona a los predadores a un congénere herido. De momento, ya ha anunciado que ella no se entrega. Empieza, pues, la galopada, el culebrón, el proceso, o como quiera llamarse.