El feo asunto del título académico de doña Cifuentes ha dado ocasión para desvelar al público el funcionamiento de un mecanismo innombrable de nuestro sistema político, pero no por eso menos eficiente: las redes clientelares. Hay pocas dudas de que nuestro estado se sostiene, no por la probidad de sus dirigentes ni por la calidad democrática de su ciudadanía, sino por la robustez y cohesión de las redes clientelares que no solo sostienen sino que constituyen el poder. Formalmente, este está sostenido por partidos políticos que, de manera indicativa, se presentan a las elecciones en listas cerradas y bloqueadas, especie de falange macedónica en la que la que el votante se atiene al banderín de la lista para dirigir su voto, y, como mucho, reconoce a la cabecera del cartel. El resto de la tropa electa comparece compactada en una opacidad absoluta. ¿Quiénes son?, ¿quién los ha designado candidatos?, ¿con qué méritos?, ¿por qué razones? Misterio absoluto. Una vez elegidos, estos ejércitos de la noche se despliegan en un amplio y fértil paisaje de cargos remunerados en diversos escalones institucionales y de la administración, que ocupan personas de confianza de la falange a modo de centinelas y beneficiarios del sistema. Los lazos afectivos y familiares que vinculan a estos individuos, la trama de intereses compartidos que les une, el intercambio de favores que menudea entre ellos, constituyen una malla que da estabilidad al sistema y que funciona como una elite extractiva, para decirlo con una expresión al uso. Pero volvamos a doña Cifuentes y su título ful.
Los hechos publicados, y que nadie ha desmentido, es que la mencionada obtuvo un título académico tras el falseamiento de sus notas y sin haber concurrido a clases presenciales, como exigía el programa curricular. Hasta aquí, un hecho de presunta corrupción estándar cuyas raíces ofrecen una inquietante anatomía del funcionamiento del sistema: funcionaria amiga que falsea las notas, profesor afecto que ordena alterarlas, catedrático que avala la falsificación, académicas en el papel de figuras de paja para reforzar la mentira, altos cargos del partido del gobierno que apoyan a la denunciada con argumentos estrafalarios y ofensivos, etcétera. Todos los intervinientes tienen una función en la mecánica de este ordenado termitero repentinamente alborotado cuando la luz atraviesa sus duras paredes. La dimisión de la concernida, que sería la respuesta esperable, no es suficiente. Ni siquiera una imputación judicial en su contra lo sería porque la red se readapta de inmediato a la nueva situación para conservar la cohesión que le es imprescindible, como ilustra otro episodio reciente y ajeno al que se comenta. La política es el único ascensor social realmente operativo, y el único reservorio de empleos bien pagados en medio de la precarización universal, lo que la convierte en un imán de arribistas y en una herramienta infalible de compra de voluntades. En este marco, la falsificación de un título académico sin ningún valor en la economía productiva resulta un gesto de supervivencia y una prolongación rutinaria de la farsa. Pero un país envuelto en esta asfixiante malla es un país sin futuro, si bien es cierto que ninguna de las arañas que segregan la pegajosa red se ha tomado la molestia de ofrecerlo. Están a lo que les dicta su naturaleza.