Don Rivera está disparado, histérico, ridículo, cuando exhibe su encelamiento contra la tesis doctoral -¡qué hastío!- de don Sánchez. En pleno éxtasis ha pedido una ley de transparencia universitaria. Bien, ¿y por qué no una de transparencia eclesial (inmatriculaciones, subvenciones), o militar (bombas para dictaduras), o fiscal, o bancaria, o de partidos políticos, o…? Cualquiera puede rellenar la línea de puntos. Don Rivera no ha falseado su título universitario porque no lo tiene pero sí el currículo que lo acredita ante el público. Primero se presentó como doctor, luego era doctorando y por fin nada. Don Rivera desbarra con o sin título.  La generación más preparada de la historia del país, dicen de sí mismos los neolíderes del cotarro. Bien, pero eso no significa que la carrera universitaria y sus enjuagues tengan que ocupar el centro de la agenda pública ni que sea el principal problema del país. Los demás podemos argumentar, ¿qué hay de lo mío? Doña Cristina de Borbón fue la primera persona de la familia real desde Recaredo con título universitario, y ya ven de qué le ha servido, a ella y a quienes le pagamos la carrera. También a don Rivera y a los otros les pagamos la carrera y el sueldo; a ver si además vamos a tener que pagarles los ansiolíticos.

Al situar la bronca de los títulos académicos en el frontispicio del debate nacional, los neolíderes  revelan debilidad, inmadurez y conservadurismo. Hay que estar muy inseguro de ti mismo para cifrar tu valía política en un máster o un doctorado: seño, Pedrito Sánchez ha copiado el examen. Bajo el debate hay una rancia creencia conservadora: el título académico como símbolo de estatus social y autoridad civil más que de excelencia científica y de probidad intelectual. Lo cierto es que nadie vota a un personaje mirando antes sus titulaciones académicas. Don Rivera, don Sánchez y demás neolíderes de derecha e izquierda consiguieron sus títulos con mayor o menor esfuerzo, lo cual es cosa de ellos y en el caso de don Casado también de los tribunales, pero no debemos olvidar que los consiguieron en un periodo histórico dominado por el arribismo, la voracidad y el cinismo. No es casualidad, al contrario, hay una relación necesaria entre el hecho de que el neolíder del pepé está aquejado de una corruptela académica y fuera elegido por sus correligionarios, a sabiendas de esta circunstancia, para dirigir un partido achicharrado por la corrupción. No es, sin embargo, un síndrome exclusivo de la derecha. Los másteres y demás pacotilla académica son el delito de la generación que ocupa ahora la plaza pública, como la guerra civil fue el delito de sus abuelos y la transición lo fue de sus padres. No son delitos imputables en el código penal, claro, y cada uno sabrá el grado de responsabilidad que tiene en ellos pero definen los eslabones de la cadena que es la historia a la que todos estamos sujetos por el tobillo.